25 de diciembre de 2004

Orilla mojada

Bailar con ella era robar versos en idiomas desconocidos, correr de madrugada por la calle desierta, vaciar los ceniceros en el lavabo, dos tickets para la primera sesión de la tarde, clases de coreano, probar a acariciar las nubes desde la ventana, entre las antenas del edificio de enfrente. Un papel con una esquina doblada, el tintineo de unas llaves en el bolsillo. Discos desordenados encima de la mesa y el crujido del taburete en el la bemol. Su mano apoyada en el sofá a dos centímetros de mi pierna, transmitiendo energía por inducción; los globos de las paredes justificando nuestra decisión de celebrar su cumpleaños en la zona menos iluminada de su propia fiesta. El ruido de nieve cayendo, pasos en la gravilla, Mary Higgins Clark junto a un semáforo en verde, estatuas de luz en la Plaza de las Flores, 49 teclas de un piano desdentado, un autobús cortando pasos de peatones como toallas verdes después de la ducha. Al amanecer siempre quedan vasos rotos en el suelo y pocas ganas de recoger, dos sonrisas flojas y un bolígrafo sin tinta.

4 de diciembre de 2004

Ciencia ficción

Divagar, dejar la mente en blanco y empiezan a aparecer las imágenes, los sonidos, los aromas. Desde la azotea todo parece más insignificante, como pequeñas motas de tiza en una pizarra. Las sillas pierden sus tornillos y disfruto de la inocencia de un tubo fluorescente. Nada se aleja, todo está dentro de un bucle que también te atrapa a ti. Una red con dedos largos como los de una madre sobreprotectora de telefilme americano, sábado, cuatro de la tarde, niños ante el televisor encendido. La araña tejiendo en la esquina del dormitorio y demasiados terrones de azúcar en el bolso.
Si quieres aún te puedes salvar, todavía quedan billetes y la terminal nunca cierra por vacaciones. No hagas planes con mucha antelación, y conviene tener siempre detrás del armario una maleta por si cambia el viento. Nada de lo que yo te pueda decir debe ser tomado al pie de la letra, al fin y al cabo yo estuve arriba y me expulsaron de por vida; así que ahora sólo vendo consejos robados y cigarrillos húmedos. Todo lo que sabes está al alcance de cualquiera con un carnet de biblioteca, la gente a la que admiras murió hace siglos y casi ninguna de tus ideas es propia. Ni siquiera tus recuerdos te pertenecen, alguien te tuvo que inventar una infancia a medida en una ciudad del interior. Parece que los alfileres de mis labios y las yemas de mis dedos van a fundirse en el fuego, entonces apago la luz y vuelve la calma, el silencio. Semana tras semana.
Hay días en los que todo parece encajar, y cuando vas a besar a la chica despiertas desnudo al pie de tu cama.

22 de noviembre de 2004

abecedario

Los aviones de papel aterrizan en la papelera mientras crecen mis ganas de conocer el último verso que duerme entre los pliegues de tu bufanda. Necesitamos un tendedero sin cuerdas y unas tijeras con la punta redonda, hojas sueltas de un calendario antiguo y una estrella que nos quepa en el bolsillo junto a tu mano y la mía. La tarde suena a carpetas amontonadas y caramelos flotando en una taza de café. Tu mano transmitiendo información a la mía a través de un centímetro de aire y preguntas sin respuesta. Recuérdame cada promesa que no voy a romper. Pídeme que te rapte y huyamos a ese bar en el que la última ronda es siempre gratis, al banco bajo el árbol de todos los inviernos de mi vida. Todavía no ha empezado a nevar y ya me apago sin ti; nunca entendí la lógica que encierra tu forma de aparecer en cada pequeña escena, como un marcapáginas en ese libro que tuvo demasiadas visitas y segundas oportunidades. Tengo una caja vacía de cuentos que contarte; cuando quieras regalarme consonantes, pídeme a cambio una vocal.

13 de noviembre de 2004

All God´s Children

Cinco metros. Tan sólo cinco metros me separan de ti, y yo intento reducir esa distancia mirándote, casi veo mi mano rozando la curva derecha de tu cuello. Esa zona siempre me resulta un misterio, algo que no consigo dibujar con los dedos, y aparece ante mí cada vez que escuchas con atención. Inclinas un poco la cabeza y yo desciendo desde el lóbulo hasta la clavícula, memorizando la única geografía que realmente merece la pena; todo lo que necesito saber está escrito en dos palmos de piel. Probablemente tú no te habrás dado cuenta, pero a veces incluso el aire se detiene y todo se congela durante el tiempo justo para que te apartes un mechón de pelo. En eso consiste también el secreto: a los ojos de cualquiera, tan sólo somos dos personas separadas por baldosas y bancos de madera. Vistos de cerca, nos parecemos más al sol y al niño que intenta acariciarlo desde la playa.

2 de noviembre de 2004

Princesa herida

Termina la cuenta atrás y otra vez estás sentada en el borde, con una pegatina en la chaqueta y sonriendo a todos los chicos que te miran desde arriba. Peleando con un portero para que te deje entrar sin pagar, haciéndote pasar por la novia de un chico que luego intentará algo más, difuminando el maquillaje. Es tu espejo el que devuelve amplificado el brillo en tus ojos, es tu bolso el que desapareció mientras mirabas hacia otro lado. Hay una capa de cera que se derrite, un muñeco de novia sin cabeza sobre la tarta, una visita no deseada a los servicios. Un tacón que se rompe y un pendiente que se pierde. Es el precio, la llave que abre la puerta del desván, en cada beso una promesa con un pequeño alfiler. Demasiado tarde para descubrir que el futuro no es vivir de prestado en una caja de cerillas.

15 de octubre de 2004

Paraguas extraviados

Salgo de la tienda y tres minutos más tarde me doy cuenta de que he olvidado el paraguas dentro. Ya he perdido demasiados, pero no vuelvo a por él. En cambio doblo la esquina y ahí está otra vez: el hombre del arpa, con las cuerdas de colores y discos con su fotografía en la portada, apoyados en la funda a sus pies. Siempre que lo veo me parece estar viendo un fantasma, un accidente entre el sonido de móviles, como un recorte del pasado perdido en plena avenida.
Sigo caminando y vuelvo al parque, a buscar un abrigo, un olor entre la gente. Nunca te encuentro, pero tal vez andar de aquí para allá tras tus pasos es todo lo que puedo hacer, lo que quiero hacer. Ahora llueve con más intensidad, y las gotas hacen brillar la madera de todos los bancos menos de uno. Allí, entre hojas de castaños y revistas viejas, una chica mira con ojos distraídos unos apuntes de psicología. Sus gestos parecen aprendidos en películas de Godard, en versos aún no imaginados que ponen letra a la música de Coltrane. Me pregunto si aceptaría mi mañana de octubre como regalo.
No podemos buscarnos en otras personas, aunque a veces desearía poder apagar la luz, para que a oscuras nadie notara la diferencia.

7 de octubre de 2004

(nice dream)

En aquel tiempo todos los globos eran de colores, y los chicos nos sonreían y saludaban al cruzar los pasos de cebra. La chica de las bolas de malabares aún apretaba las carpetas contra su pecho cuando soplaba el viento, y yo forraba las paredes de mi habitación con sueños que nacían muertos. Me perdía en laberintos sin salida, amenazas blancas para los días sin siesta, y las estatuas relucían con cada pañuelo que se anudaba al cuello. Era como una de esas baldosas sueltas que siempre te salpican; coleccionaba llaves rotas y lanzaba los dardos con la mano izquierda. Una tarde olvidó su sombrero sobre mi almohada, y sintió que la luz del sol no es siempre la mejor compañera de las volutas de humo azul. Pasear con ella era como trepar a la cima de la montaña más alta, y una vez arriba romper a llorar por no poder seguir subiendo, un permanente tirabuzón en una montaña rusa con las vías rotas. Cruzábamos el parque con nuestras sonrisas antibalas al hombro, visitando al bedel de las gafas tintadas y a la chica de los periódicos bisiestos. Tal vez no era la situación ideal para ninguno de los dos, pero menos da una piedra. Lentamente se fue encerrando cada vez más en sí misma, llegó el momento en que el ruido de sus oídos no le permitía escuchar ni ver más allá, y la angustia de vivir siempre con la maleta junto a la puerta nos hacía cerrar con tres candados cada puesta de sol. Cuando al salir de los baños en un bar encontré su espíritu haciendo cola, decidí que ya me había cansado del café amargo y las mentiras sin masticar. Tiré del hilo, y a cinco pasos de allí estaba el mundo.

12 de septiembre de 2004

10 viajes - consérvese hasta la salida

Las noches se resguardan de la tormenta con una manta fría, llena de indecisiones y cambios de opinión sin medir las consecuencias. Al mismo tiempo, robo todos los versos que me hablan de ti en cada biblioteca, para que cuando se me bajen las persianas siempre me quede un caramelo escondido a la vuelta de cualquier página. Desconfío de los caminos que sólo tienen un sentido, siempre me enamoraron autopistas sentimentales, carreteras secundarias y vías de servicio en las que perdernos sin tener que darnos explicaciones. El chico con la voz de papel sopla tu flequillo a millones de kilómetros, y las calles giran como agujas en un reloj al que olvidé dar cuerda. Intercambio de teléfonos, regreso silencioso y discos piratas: pequeños dobleces que adornan el cuero de tu sonrisa, más allá de camareros retrasando la hora de cierre y despedidas siamesas. Sigo asomado al séptimo traste, te espero descalzo sobre la cama.

20 de agosto de 2004

No forzar la cerradura

Me gusta escribirte con la misma canción sonando una y otra vez; acaba y vuelve a empezar, como una banda sonora permanente que acompañe a mi sonrisa permanente. Tarde extraña, con sillas de aluminio en las terrazas de los bares, bisagras oxidadas, sol y lluvia. Gente que camina con prisa a todos sitios, y gente que ocupa toda la acera para no ir a ningún sitio. Todos los bolígrafos pierden su muelle, las calculadoras dejan de funcionar al llegar agosto, y eso sin contar la huelga de bolsas de papel a la salida de los supermercados. Resérvame un sitio junto al alféizar, ofréceme un plan apetecible y tal vez logres hacerme gritar mentiras. Si subes demasiado rápido a la superficie puedes pasarlo mal, todo es cuestión de saber sentarse bajo la sombra y no llamar demasiado la atención. En la plaza del barrio, la normalidad de las citas a ciegas está aniquilando conciencias a golpe de poesía robada; el hombre de la flauta consigue menos recaudación los días de fiesta, y yo me enredo con tus dedos mirándolo todo desde una esquina.

4 de agosto de 2004

Días en rojo

Nunca me acostumbraré a tus regalos. Abrir el cajón y verlo repleto de pedazos de vida hace que las nubes se desplacen más rápido sobre mi cabeza, y las luces se enciendan y apaguen al ritmo de tus pasos de puntillas. Aún aprieto entre mis dedos la huella que dejaron unas horas compartidas, un segundo medido en años luz; mi cámara sigue cargándose en un rincón de mi habitación... Los pájaros que más madrugan nos enseñaron a querer equivocarnos y levantarnos al día siguiente, como en los sueños retransmitidos a prueba de balas; como una sesión doble con palomitas en el último cine de verano, donde quererte es una necesidad más allá de toda gramática. He empezado a vivir y a hacer planes para dos, tal vez no haya suficientes estrellas que soplar esta noche, pero no supone ningún problema: fabricaremos más. De momento sólo puedo regalarte mi desorden, mis cambios de ritmo, las sinfonías de los defectos que te cuento y mi pulmón de hierro como aval.

27 de julio de 2004

Paralelo

No se me ha borrado la sonrisa de niño que me dibujaste, y en esta ciudad la niebla esconde todas las versiones oficiales. Necesito sentarme en la arena, con sonido de mandolinas de fondo y tu olor a mercurio salvaje cerca. Hace siete meses yo todavía tenía los pies en la tierra, no trepaba a los árboles y negaba con la cabeza. Tú en cambio ya volabas cometas sin cuerda y saltabas de tejado en tejado. Tal vez hay historias en las que nadie sufre y no hay por qué hacerse daño: tal vez por un momento ella no se va, él no se queda tras el parabrisas. Nos hemos acostumbrado a los cuentos con final triste, pero hay que creer que aún es posible. No hay una canción en común, un libro, una película, un rincón con hojas por el suelo. Hay todo un mundo; no dejemos que las mariposas ardan.

21 de julio de 2004

5:55

Tus ojos son apagar una a una las luces de casa, quitarse los zapatos, abrir el grifo. Son un libro de tapas negras sin título, resumen ni índice. Mientras tomo tu brazo como quien agarra una manta en mitad de la noche pienso: hay otras luces, pero este ruido no nos deja verlas y decidimos que no existen.  Tu recuerdo es una máquina con grandes engranajes, enormes ruedas, una factura sin pagar en cada pensión del puerto. Eres toallas dobladas, olor a cremas hidratantes y pastillas de jabón, el tapón de la pasta de dientes flotando en la bañera. La hebilla ancha y plateada de tu cinturón sobre la cama, revistas abiertas y flores de papel. Un cuadro torcido en el pasillo, un vagón de metro que no se abre en ninguna estación, un video mal programado, despertadores que no suenan, carretes velados. El triángulo que forman tus ojos y tu nariz delimitan a la perfección tu territorio, la fortaleza que se eleva desafiante. Tu forma de restarte importancia, de esconderte entre los días grises, de preguntarme razones para mirarte así, no dejan de ser trucos, capas de tierra que retirar para encontrar la esencia, el motivo de tantos decorados, actores, la orquesta en el foso, el coro y el telón subiendo y bajando. Todos somos personajes secundarios en tu gran escena, esa en la que te das a conocer y yo olvido mis pocas líneas de diálogo.

14 de julio de 2004

reset D.F.

Hace ya tantas esquinas que no recuerdo ni por qué estoy corriendo. Perdí la cuenta de las primaveras que nunca debí haber apostado a tu caballo, y el hielo de los vasos siempre acababa derritiéndose. Hasta la chica que perseguía a los cantantes de moda se cansó de gritar y reír al apagarse las luces. Recibí dos consejos: en todas las botellas el tapón gira en el mismo sentido, y por mucho que saltes de azotea en azotea nunca conseguirás el primer premio; hay cientos, miles de hormiguitas esperando su turno. Así que adelante, cuélgame, rómpeme, clávame agujas. Estoy cubierto de unos y ceros, y el cristal que ves es irrompible. Una pista: tan sólo tienes que leerme. Un poco más abajo. Ahí estás, entre línea y línea, sin tu coraza ni mis ganas. En el instante exacto en que brindo a tu salud, en esas marcas que dejan las copas en la mesa, en cada pregunta “un poco personal”. Esta noche quiero ver a qué sabe tu olvido.

8 de julio de 2004

Bajos vuelos

Pretendo secuestrarte sin romper la punta de esas tijeras que cierras cuidadosamente antes de cada beso. Tengo un plan perfecto, con huida en descapotable y cientos de cigarrillos mal apagados en la guantera. Sólo necesito un zumbido, ojear la guía de teléfonos de tu comarca, y robarte el aliento con ese olor tan tuyo. He dejado las camisas sin planchar sobre la silla, y escucho el rumor del mar a través de la ventana. Pronto haré un viaje del que no creo que vuelva: hay lagartijas en el desierto que se tratan mejor que nosotros dos, aunque el chico de los lápices afilados nos diga lo contrario. Sólo busco tu mano en mi hombro, tu pelo entre mis dedos, una postal sin franqueo pagado. Todo son esperas...

26 de junio de 2004

Significado

Nunca seré Fred Astaire, pero tal vez soy más rápido que tú disparando. Tus viajes al extranjero dejaron de ser productivos hace tres o cuatro martes, cuando descubrimos la verdad sobre las bocas de metro. Ya no me quedan pelos en la lengua, no los suficientes, y tampoco sé hinchar globos con forma de jirafa. Además, confundo la calculadora con el bloc de notas, y los cuatro minutos de una canción siempre se me quedaron cortos. Pero el gris tiene sus ventajas: al menos, no luzco mis cadenas en público, y nadie se atreve nunca a criticar al pianista. De todas formas, ¿te has reconocido esta mañana en el espejo del ascensor? ¿Sabes cuántos aviones han pasado sobre tu cabeza? ¿Has probado a caminar hasta tu casa? Al fin y al cabo, no eres tan distinto como pensabas, nadie es especial, nadie es imprescindible. Guárdate esa mirada para círculos íntimos. Estoy más que acostumbrado a escaleras sin pasamanos, a puertas sin candados, a frases sin significado. Con sentido.

15 de junio de 2004

Todo lo demás

Cada uno se imagina su propio paraíso, mientras va construyendo una filosofía a base de frases robadas en calendarios de sobremesa y desengaños pactados con meses de antelación. De repente hace frío; las nubes han vuelto para recordarnos que a veces es mejor callar los consejos, y hay demasiadas chicas dispuestas a subir al primer coche que pase. Tus pajaritas de papel nunca aprendieron a volar; tal vez por eso ahora te miran desde el otro lado del cristal mientras eliges el color de las paredes. Son distintas formas de huir, libertad mal interpretada, como esos botellines de cerveza con tapón de rosca. Cuando escuches que la vida gira sobre un eje podrido, échate a temblar: las ruedas pinchadas no tienen voluntad, pero pueden decidir por ti. Desconfía de los folletos, la leña seca, los pañuelos de papel, la leche cortada. Quédate sólo con las cáscaras.

9 de junio de 2004

Baila en mi calle

Estos días siento especialmente tu ausencia, cuando el peso de los termómetros nos hace desear más noches sin dormir. Aquel taxista fumador de pipas que discute sobre cualquier tema me ha vuelto a sorprender con tus verdades desde el otro lado de la ventanilla de seguridad: “sobre la barra del local de la esquina alguien dejó un anillo de madera sobre una servilleta escrita; una mujer así merece realmente la pena...” y siempre he preferido colocar los libros que me regalas en la estantería de mi dormitorio. Le robo un segundo a cada hora para regalarte un soplo de aburrida teoría, unos y ceros, las luces apagadas y las trompetas con sordina. Conoces mis claves de acceso, mi mapa del tesoro, una canción con tu voz. Todo parece venirse abajo, menos un número de teléfono y una promesa de abrazo. Son días en los que tu cascabel es la ventana abierta entre kilos de papel desperdiciado.

31 de mayo de 2004

sms

Es todo un arte escribirte un mensaje de móvil. Casi como un soneto, una historia en miniatura con planteamiento nudo y desenlace. Sin sobrepasar los 150 caracteres tengo que contarte fuegos artificiales, gasolineras, luces de neón y olor a hierba mojada. Siempre me gustaron los kilómetros de autopista sin más iluminación que las luces del coche, y tu voz sonando entre canción y canción. No hay freno de mano ni línea 11 del metro que impida un verso como un doble mortal y sin red. Es un todo o nada en el que siempre gana la banca; una ventana de emergencia sin martillo a mano. Ya llega el momento de acortar las palabras para no sobrepasar el límite. Pierdo el índice de la gran enciclopedia que aún no hemos escrito mientras malgasto grapas y pinzas de la ropa tratando de alcanzarte. No te dejes engañar, dejé las llaves puestas en la puerta. Sólo hay que empujar.

23 de mayo de 2004

Cuando conté mis demonios

Nunca esperes demasiado de mí. Es lo más cómodo para los dos, nadie saldrá defraudado. Prefiero no escuchar el pistoletazo de salida, ni apagar la luz de la mesilla cuando me voy. Desde el espejo del baño intuyo tu silueta bajo las sábanas; no me quedan colores para pintarte una vida lejos de aquí. Esta noche tampoco veremos estrellas fugaces. Mira bien, fíjate en los bocetos de las paredes: todo es gris, distintos tonos de gris. Vivimos en la periferia de la cotidianeidad, entre el mando a distancia el gas natural. Pero cierras los ojos. Te apartas el flequillo. Haces sonar tus pulseras y enciendes un cigarrillo. La cinta de vídeo se rebobina, y gotea el grifo del lavabo. Pequeñas cosas, como migas de galletas en la almohada. Tendré que aprender francés, llevar siempre el carnet encima, dejar de escribirte en los descansos de clase, poner el despertador a diario. Al menos tenemos treguas y paréntesis. Y no insistas. No puedo saltar cuando todos miran, cerrar el último bar, bailar, distinguir unas flores de otras. No esperes demasiado de mí. Te harías daño.

20 de mayo de 2004

pequeñaguapaymorena

Leí tu nombre en el periódico, agenda y espectáculos. Olvidé preguntar los horarios de autobuses. Borré con el pie los garabatos que había hecho en la arena. Desnudé el álbum de las fotos robadas. Me puse tan nervioso como solía ponerme antes. Pedí una cerveza para tener las manos ocupadas. Te vi distinta pero igual, y recordé lo que es sentirse vivo. Sonreí la primera vez que me miraste, y la segunda, y todas las demás. Me temblaron las piernas en el cambio de tono tras el puente. Me marché tras el último acorde. Subí las escaleras del bar de tres en tres, oídos sordos. Respiré profundamente al salir a la calle, treinta y siete grados. Llegué a casa y te empecé a escribir.

18 de mayo de 2004

Hipotecas

Hoy ha sido una bonita tarde para volver a nadar en la pecera, para soltar todo el lastre de tensiones no necesariamente soportables. Pedazos de cartón que acumulamos como anclas en el cajón con llave de la cómoda. Nadie te va a hacer daño así, dicen gaviotas cada vez que anochece. Las miradas no duelen, etcétera. Mentiras aprendidas en cursillos intensivos... Hoy rompo papeles cuadriculados, te escribo directamente en el suelo, sin rincones donde esconderme, sin una cerveza en la mano como escudo protector. Esto pretende ser el epitafio del vuelo de una hoja de periódico, un pretérito sin síntomas de lucidez. Jamás es una palabra tan definitiva...

14 de mayo de 2004

How long does love stay green?

Tengo la cara pintada de blanco pero escribo con letras manchadas de rabia. Tú sin embargo me lanzas dos cables de hierro a traición, dos cuerdas de piano por la espalda. Tienes el don de dar voz a tu odio, toda ese resentimiento que has ido acumulando en tu caja de caudales durante meses; ahora me lo tiras a la cara. Para mí no hay más, siempre supe levantarme antes de que acabara la cuenta de diez, y después devolverte certificado un pedacito de infierno. No me debes nada, y afortunadamente yo a ti tampoco. Apenas tres minutos para que el rayo incendie las malas hierbas, una tarjeta de visita en tu buzón desvencijado. No te molestes en contestar, la carretera es ancha y mis pies veloces. Te enviaré una postal con mis señas cuando llegue a la parte de mundo en que no estás. Nunca una espina salió tan fácilmente.

8 de mayo de 2004

Acceso sólo con invitación

Ella era rubia, con ese aspecto alocado que tienen las chicas fatales; mascaba chicle como si le fuera la vida en ello, y su móvil sonaba con insistencia desde las profundidades del bolso. Tenía los dedos y el corazón marcados por el roce de las cuerdas del cello, un dato que sin duda ocultaba a sus conquistas. La melena rizada le caía desordenada, a borbotones sobre los ojos, y yo me dejaba caer en ellos, sin marcha atrás, sin arnés de seguridad ni paracaídas de repuesto. El tren llegaba con retraso, el andén era un hervidero de abrigos y conversaciones paralelas, y yo la amaba despacio, a pequeños tragos, sin querer atropellarme ni arrastrarme hacia un amor azul pálido que ella no merecía. La banda sonora de mi cuarto creciente intercambiaba giros bajo tierra y parcelas privadas en el cielo de su boca. Mi meta era memorizar cada gesto, cada anillo de sus dedos, su forma de mirar en las pantallas el tiempo que iba a tardar en llegar su tren. Salir definitivamente de mi pequeña mañana de martes, continente desconocido, inquilino accidental.

3 de mayo de 2004

La Balada del Hospital Psiquiátrico

La suela de tu zapato dibuja soledades
y desencuentros mientras borramos
las huellas de un crimen no cometido
Hay un gato mirándome al otro lado
y llueve sobre las baldosas del patio

Queda tu sombra, un pendiente de fuego y tres dudas
que despejar antes de agotar la reserva de memorias
Quisiera tener ahora un manual de estilo
para reescribir todas las historias sin final feliz

Nuestro amor fue una cremallera cerrada y rota
nos faltan vías de escape
escaleras de incendios
ganas de viajar sin billete
silencios a quemarropa

27 de abril de 2004

Equivocaciones, reparaciones

Diluyo mis probabilidades de error en buzones sin señas, y el pie de las escaleras está repleto de colillas; intento rellenar con lluvia los agujeros de la goma de borrar y vuelves a aparecer como el hambre o el sueño. Tu cara despeinada me da los buenos días, y tu voz me sabe a ceniza y a pan. Se agotaron las camisetas en el taller de la esquina, y sonríes en tu rincón al escucharme nombrarte. Las alarmas de incendios se alimentan de la duda y del miedo, como nuestras ganas de oler la arena, o esa forma de agitar la pierna izquierda cuando estás sentada. He perdido la cuenta de las veces que te he encontrado, aunque nunca nos quitemos el antifaz. En diez minutos entro en clase y buscaré una mesa en tus antípodas, para creerte en la distancia como un satélite: hoy no tengo ninguna prisa por romper los hechizos.

21 de abril de 2004

Rosas congeladas

Nos cansan las relaciones con ventanillas de banco como intermediarias, donde dar y recibir simultáneamente es tan difícil como huir por salidas de emergencia sin señalizar. Los desayunos en cafeterías con hilo musical nos roban las ganas de saltar la banca, y el humo de cien cigarrillos ensombrece la noche en las jugueterías de alquiler. Tenemos la sensación de que todo es demasiado complicado, y a menudo nos equivocamos. Borrar de la memoria el pomo de la puerta y la persiana bajada supone enfrentarse al espejo. Somos ladrones de sensaciones incompletas, recibiendo disparos que nunca pedimos: soltar el extremo del hilo sería nuestra condena.

16 de abril de 2004

Caligrafía imposible y Jung

Borro las penas con tinta porteña, y recojo los pedazos sonriendo a golpe de 3 por 4. Mantengo conversaciones con las grietas de las paredes, y olvido recordar las noches de círculos concéntricos: hace tiempo descubrí la geometría escondida entre las páginas de tus libros. No nos piden el pasaporte para entrar en nuestro charco de lluvia, saben que somos ceniceros sin utilizar. Intercambio negativos de fotografías veladas con las hormigas de la escalera, imagino infiernos y huellas de pisadas en la nieve. Con un pedazo de tu ausencia tengo material para varios sueños, pero prefiero el tacto de tus mariposas en la frente. Puedes utilizar mi silencio como llavero, ahora que se descongelan las estatuas de tu plaza.

13 de abril de 2004

Secretos en el fondo del mar

Esta tarde de abril desconocido traigo olor a jabón de gasolinera y texturas de papel maché. Veo cajas de cartón apiladas y albaranes sin firmar en la ciudad de los veinte nombres, donde jugamos a escondernos sin mapas ni calendarios. El teléfono comunica cuando busco tu mano al otro lado de las reuniones de negocios y los patios interiores mal iluminados, y caducaron los besos de plástico con que firmé postales sin destino, sentencias fugaces. Ofréceme menos que cero, una coraza de marfil, el mismo bar, la vida de cristal, ahora que encontré el perfume que lleva al dolor. Para despertarme necesito la caja de herramientas ausente de las cosas, el cuello de tu camisa blanca, el cuaderno de tapas verdes que guardo bajo tu almohada.

5 de abril de 2004

Dónde dibujar la línea

Tu facilidad para sonreír es el mejor antídoto contra las mordeduras que nos da la realidad desde sus rincones llenos de polvo. Abres los frascos de especias que guardo en la estantería más alta, recorres el pasillo mirándolo todo por primera vez, y esparces por el suelo del salón cajas de música y galletas rotas. Te quitas y te pones las gafas o juegas con la cinta de tu pelo para mantener las manos ocupadas. Me regalas una manta para las tardes frías y una respiración cuando lees por encima de mi hombro. Quiero grabar cada instante de vida que transformas sólo porque estás aquí, y yo estoy a tu lado. Es así de sencillo: estás aquí, y yo estoy a tu lado.

28 de marzo de 2004

Decadencia

Las teclas rotas de tu piano seducían con su belleza moribunda, y la luz de la calle no se atrevía a entrar a través de tus persianas con acento parisino. Lo trágico de mi devoción por tus maneras de acróbata invernal escapaba lentamente como el brillo que me deslumbró al cambiar por recortes de periódico tus velas consumidas. La certeza de que yo estaba aquí para levantarte se diluía entre tus lágrimas de cocodrilo. Nunca dudes en el último momento, te escuché decir a mi espalda mientras cerraba la puerta definitiva.

22 de marzo de 2004

Nieve y carbón

Él quería descubrir el significado de todas las palabras llanas que brillaban en los carteles de la autopista, y tenía los bolsillos cargados de dudas sin afeitar. Ella sabía fingir decepciones y odiaba las ventanas que rompían la armonía muda de sus cuatro paredes. Los dos creían que hay muros imposibles de saltar y entradas de cine que no merecen la pena. Coincidieron una mañana gris como tus ojos en la parada del autobús. Él llevaba las manos vendadas y ella la mochila vacía. Sus miradas se encontraron en la espiral de ruidos y luces de la calle. Un restaurante, una cita como las de las películas en blanco y negro, dos vidas resueltas con la felicidad de los anuncios de televisión. Ella con un vestido elegante, él apareciendo puntual sin señales de golpes en sus labios, la primavera abriéndoles los ojos con ternura. Los dos decidieron que hoy irían al trabajo caminando.

15 de marzo de 2004

Fragilidad del reloj de arena

Cuando tan sólo pensábamos en ti y en mí, nos estremeció el trueno de muerte. Para resguardarme de la tormenta cruel acudí al encuentro de la imaginación y la palabra, para abrir la puerta a la esperanza y quitar las chinchetas de la carretera. Necesitamos más que nunca salir a la calle y decirnos lo que sentimos, robar los versos del hijo de cien primaveras, intercambiar golosinas por besos en tu portal. Apareciste con un reloj y una cucharilla de plástico, sembrabas milagros al pisar el asfalto mojado y me hablabas de nuevos tiempos, de veletas girando, chicos mal dibujados y reciclaje de basuras. La necesidad de creerte como las palabras de esta canción, y las goteras y escaparates en su leve disonancia. Volverán a dejarse notar los gestos que dejas caer al pedir ayuda para abrir el grifo; olvidaré por un momento lo terrible que es despertar humano cada mañana cuando te sienta cerca como nuestros zapatos colgados de las ramas del árbol. Aún hay millones de segundos que merecen la pena.

10 de marzo de 2004

Saldo restante

No todo tiene su precio, y aún hay libros que producen un torrente de sensaciones al ojearlos. Cuando vamos a la playa pasamos por una estación en la que nunca se abren las puertas del vagón: nadie entra ni sale, nadie espera en el andén. Cualquier día romperemos las buenas costumbres con tu martillo de emergencia, utilizar sólo en case de accidente, guiño en el espejo del baño o malas noticias en el suplemento dominical. Algo que nos permita torcer el gesto entre las mangas de la chaqueta, o ejercer de alegre paseante a pesar de los desayunos que no compartimos. Las papeleras aún nos pueden dar lecciones acerca del olvido. Aquella mañana compré un billete de ida y vuelta para ir a tu último concierto. Volví a pie, y el pedazo de papel se quedó a vivir en mi cartera. La otra noche se cerró el círculo al utilizarlo de nuevo. Fue el punto final del extraño fetiche. Pronto volveré a acercarme a la máquina expendedora.

5 de marzo de 2004

Regulación automática

Hoy vistes una camiseta a rayas y una bufanda violeta, llevas el pelo recogido en la nuca y tomas apuntes como el cielo se volviera más azul cada tres segundos. En tus ojos claros intuyo el frío y el temor acumulado durante los días lluviosos en la trinchera. No llevas pendientes, seguramente los olvidaste esta mañana para no perder el último metro. La estabilidad en la frecuencia de tus pulseras representa un ritmo de vals otoñal: te miro y pienso en la capa de hielo que cubre el estanque del parque, en sistemas de control automático para desconectar las ganas de llorar. Da igual quién habla y quién escucha, sigue agrietándose la pared donde firmaste aquella frase robada. La realidad que escondes en tu bolsillo trasero no merece tantas molestias y preocupaciones; no olvides que siempre te gustó saltar en los charcos de tu calle.

1 de marzo de 2004

Escaleras de incendios

Veo épocas de descanso entre cosechas desde tu torre, y me detengo para escucharla derrumbarse lentamente. Amanece otra semana, y no estás descalza en tu jardín. Tal vez olvidaste apagar las luces al irte a dormir, tal vez no encontraste brazos abiertos fuera de temporada. Ya no cambias tu peinado con la luna, y se te borran las huellas que dejaron tiempos mejores. Caminas por la acera helada añorando el sonido de los violines del interludio, y rompes a reír y a llorar para no atravesar el círculo de lanzas que te aísla. La simetría azul de las plazas de aparcamiento se cubre de trampas sucias para no aburrirte por la tarde, y ayer arrancaste el techo a tu refugio de bambú. Te has convertido en el fantasma que tanto te asustaba hace unos años, y tus redobles de tambores no convencen a nadie: hoy son los laberintos los que huyen de los niños. Quédate con mi pedazo de cielo, porque he dejado mi baraja sin comodines y conozco demasiado bien la rugosidad de mis interruptores.

24 de febrero de 2004

Blondy Sunday

Más allá del ruido de los coches, está el refugio de los que aún pueden vender sueños irrompibles. Evitando que las gotas de lluvia tiñan de realidad sus sombreros de fieltro, escapan hacia garantías de alta fidelidad y promesas de amor eterno tejidas con fantasías. Mientras tanto nosotros, rodeados de muros invisibles, masticamos nuestra dosis diaria de mudanzas y cartas de ajuste, compramos pantalones que traen ya incorporado el polvo de los bolsillos, y se nos rompen los electrodomésticos cuando más creemos necesitarlos. Pretendemos consumir menos de lo que hemos invertido en nuestras rutinas algo ajadas y con las esquinas de las páginas dobladas demasiadas veces. Suplico un respiro, un momento de trasbordo entre dos vuelos sin motor hacia ninguna parte. Dame un gesto, tu bufanda al cuello, alguna esperanza de vida que borre de un plumazo cuatro días y nos deje meciéndonos a contraluz, como niños que bailan por primera vez sin música de fondo.

18 de febrero de 2004

a Luna, por sus balcones

No hay mejor modo de romper los lazos que me atan a la rutina de los días inservibles que lanzarme con los ojos cerrados hacia tu presencia sin cremalleras ni fechas de caducidad. Odio pagar a plazos las hipotecas de los besos que di sin querer, y en las baldosas de mi calle se ocultan todas las historias de amor que acabaron sin perdices. Harto ya de intercambiar billetes falsificados con ladronas de guante blanco, me refugio en el calor de tu camisa azul y me escapo volando sobre la alfombra mágica de tu dormitorio, con un gorrión en cada mano y sin permisos de circulación. Al fin y al cabo, tú y yo hablamos el mismo idioma: papeles firmados, bisutería de oferta, cenizas en el aire.

11 de febrero de 2004

Estudios

Hoy me apetece recoger los pedacitos de paisajes que vas dejando sobre las papeleras, como diminutas semillas de vida. Mira el pelo recogido en tu nuca mientras ojeas un diccionario de francés para un trabajo de la facultad. Sobre la mesa tu chaqueta, apuntes desperdigados y tu reloj. Siento que si todo acabara ahora, debería ser de este modo. No obedezco las indicaciones de las hojas en los árboles, y siempre huyo por la salida de emergencia sin haber visto el humo. Me encomiendo a unos pantalones a cuadros y a ciertos ojos verdes cuando el peso del aire me tiene contra las cuerdas. Se agotan las baterías que mantienen las luces siempre encendidas, y los estudiantes olvidan declaraciones de amor en las paredes. Me guío por el reloj con retraso de la biblioteca, y recojo mi caña de papel para no pescar más tardes grises ni frío en los pasillos: prefiero el sabor de tus miradas cuando te despiertas, prefiero romperte los esquemas cada vez que nos cruzamos. Voy a cerrar las ventanas dormidas de febrero, para que puedas beber de la fuente sin que te duelan los dientes. Préstame una semilla más, para no olvidarme de regar las fotos que nunca enseño a las visitas.

9 de febrero de 2004

Necesidades básicas

Eres la llama que nadie encendió pero que nunca se apaga. Estaba perdido, en un momento áspero y desconocido, como un tablón de madera flotando en el Estrecho. Sentía que mi presencia allí era la sombra de un día de fiesta estropeado por una tormenta de verano. Cuando apareciste tú, iluminando la sala, llenando el vacío. Parecías moverte a un palmo de distancia del suelo, con esa seguridad con que se asoma la luna al espejo del mar. Me miraste, y mi habitual torpeza te evitó, pero de repente comprendí la necesidad de ti que tengo, y cómo me muestras el camino sin darte cuenta. Creo que te debo todo sin que me hayas entregado nada, y veo mi vida como un instrumento para que seas feliz. A nuestro alrededor surgía un huracán devastándolo todo, y se desataba la furia que se acumula en los rincones de la memoria fugaz, pero tú y yo permanecíamos impasibles, sin decir nada, porque no había nada más que añadir. Me hace falta poco para mantenerme vivo: lápiz, papel, tu pelo y tu risa. Me basta así.

6 de febrero de 2004

La luz ausente

Resuenan tambores de guerra en las calles desiertas de la ciudad de Praga. Desde la cama, en la otra esquina de tu mundo, te miro vestirte. Siento cómo la paloma se aleja volando. Tal vez mis errores de siempre han vuelto a jugar en mi contra, y las voces se rompen en el vacío de la pared mientras cierras tu maleta. Noche sin luna. Nada ha cambiado, y yo no soy tan fuerte ni tú tan débil: equivocamos los papeles antes de subir al escenario. Cogí lo que necesitaba de ti, pero tú construiste tu muro con arenas movedizas y ahora hemos quedado los dos atrapados. Sólo busco a alguien que me haga sangrar y respirar; la próxima vez no despilfarres tu amor de esta manera. Deja la ventana abierta al salir, que no quiero respirar mi culpa.

4 de febrero de 2004

30 de enero de 2004

Billete de vuelta

A menudo no nos dicen lo que queremos oír. Nuestra mochila, cargada de lunas en la playa y árboles del parque se puede convertir en un espejo que devuelva la imagen deformada. Los restos de chicle y colillas que encuentro en los peldaños de tu escalera son fotogramas perdidos sin lógica ni memoria. Para conseguir un pedazo de emoción no basta con rellenar unos cuantos folios, ni con poner los dedos de una forma determinada sobre el piano. Así sobrevivo, pero no llego más allá. Por eso cada frase es un esfuerzo único, una idea que vuela, un intento de recomponer las viejas fotografías que ya rompí un día. Dejo la chaqueta mojada en el perchero, me quito los zapatos, aflojo el nudo de la corbata. Me abro en canal buscando algo que decirte. Intento escribir lo que no dije, contar lo que no hice. Pretendiendo magnificar los recuerdos como quien riega una flor arrancada hace un minuto. Otras veces no es así, y en lugar de versos de plástico puedo ofrecerte juguetes de metal hechos a mano, con mecanismos rígidos y belleza desnuda. Pieles de manzana aún brillantes tras haber disfrutado del fruto que esconden. Después me levanto de la vieja silla de madera, cojo la chaqueta y voy a tu salón, para mirarte mientras planchas tus alas y unos vaqueros desgastados.

28 de enero de 2004

Sonrisa, ráfaga, collar

Róbame el aliento sin pedirme permiso, ahora que estoy convencido de apostarlo todo al número ganador. Déjame susurrarte cada brizna del acorde que inventé para ti, mientras hojeas una revista sin páginas interiores. Dame algo de tu tiempo, porque el mío dura muy poco cada día. Y busca debajo de las sillas, por si encuentras las puntas de los lápices que rompo al dibujarte.

26 de enero de 2004

Se alquilan disfraces

Juguemos un rato a que nos conocemos desde que tenemos memoria. Siempre hemos estado ahí, descubriendo el mundo juntos con los ojos aún limpios. Dame un beso inocente con sabor a caramelo, y treparemos al árbol desde el que no se oye el ruido de la ciudad. Déjame las yemas de tus dedos para tomar tus huellas dactilares, por si el frío de enero te las borra. Yo te presto mi taza del desayuno decorada con retales de otras vidas. Después nos zambulliremos en las nubes más esponjosas que veamos desde el banco de la plaza. Si nos atrapa el reloj de arena nos fugaremos con cubiertos de plástico y el mantel a cuadros que cogimos prestado de aquella película en blanco y negro. Sentados en el tejado averiguaremos hacia dónde vuelan los pájaros que huyen de la realidad. Inventaremos reglas y juegos que nos hagan compartir un lenguaje secreto, para que nadie sepa hasta dónde podemos llegar. Aprenderemos a no hacernos daño y a pedirnos perdón sin que cueste tanto. Nuestras espadas de madera arrancarán las hojas del calendario y el barro de mis botas, mientras las mangas de tu camisa abrazan mi cinturón en la orilla del río. Recuperemos los recuerdos que nunca tuvimos.

23 de enero de 2004

Inventario

Hay gente esperando a los semáforos en rojo para ver la vida que cruza un paso de cebra. Hay empleados en oficinas sin ventanas, hay peces en la bañera y cosas que conviene callar. Sobre la alfombra azul del dormitorio desfilan todos los sueños que escapan aprovechando tus noches en vela. Hay un pétalo de rosa atrapado entre las páginas de un libro de poemas. Hay desayunos fugaces como cámaras de fotos desechables, y hay una mujer asomada al balcón sabiéndose admirada. Hay un hombre que habla a voces junto al estanque del parque, y hay niños jugando en toboganes y columpios que se ríen. Hay días de perros y noches de boda, hay mantas en el suelo junto a los grandes almacenes, y un mimo y tres músicos. Hay miradas que queman y palabras que no cuesta nada decir. Sonido de tráfico y televisores encendidos, ruido de platos, vasos chocando, el agua de un grifo abierto y una puerta que se cierra. Hay besos que duelen y gente que muere sola, y también hay ganas de verte al final de la semana.

20 de enero de 2004

Credenciales de posesión... qué tontería

Este tiempo sin verte se transforma en el poema inacabado que alguien olvidó entre sus papeles. Los días no mueren con el atardecer, y la luna no sale cada noche para esconderse del sol. Las cosas más tontas vuelven a parecerme tontas, ya no tienen magia. Sin ti no hay más leña que la que arde, ni más ojos que los tuyos, ni más miel en mis labios, ni más sueños robados. Porque cuando te vas dejas un vacío que nada llena, y tu ausencia es más grande que todas las presencias. Pienso que nunca conoceré el lugar donde nace ese brillo con que miras salir los autobuses que te podrían llevar a otras ciudades, a otros mundos. No me vas a dejar comprobar si tu boca es suave a cualquier hora. A veces pienso que nunca me sufrirás; el camino es demasiado largo y tortuoso. Nunca sabré si soy dichoso, si maravilloso o si terrible. Será mejor así.

19 de enero de 2004

Frases pronunciadas y calladas

En la pared el reloj marca la hora equivocada. La lluvia ha dejado la arena de la playa con tacto de exilio y vuelta a casa. El mar y el cielo se mojan entre sí. Más allá, entre las rocas, madera y ropa. Restos de un naufragio. El espejo devuelve la imagen distorsionada, y vuelve la sombra de la araña a oscurecer el futuro: hace años no necesitábamos cadenas. Las gotas se enfurecen tratando de atravesar el cristal. Ya no veo más allá de tus ojos: la luz se marchó envuelta en la noche. No queda nada. En la orilla, los tablones ya no se aferran a la realidad, y emprenden el viaje de las cigüeñas. El oscuro tiempo nos arrastra implacable. El ruido de la calle es sólo mi alma gritando. Quiero irme, pero ella me sigue: el nudo de la soga es difícil de soltar.
Qué bien te queda ese jersey rojo. No me sonrías. No me apuñales. Vete, pero poco. Dame un respiro, quédate, pero disimula. Cómo pesan tus recuerdos sobre mi espalda. No te vi el otro día, a la salida de clase; cuéntame algo, ahora tengo Física, dos horas seguidas. Cuando te ríes, el mundo se llena de dientes. ¿Qué tal con tus amigas? El viento se llevó las ropas de la playa, el tiempo te hace cada día más necesaria. Voy a tener que poner el reloj en hora, no te muerdas las uñas. ¿Otra vez sin clases? Nos han dejado solos, no andes tan rápido, ha parado de llover, disculpa, ¿tienes fuego?. En la playa hace frío, te llamo el martes, el tiempo lo dirá, soy demasiado exigente, no voy a poder ir, he quedado con una amiga, has dado en el clavo, ponte bien el cuello de la camisa verde, qué miedo da el mundo cuando se refleja en tus ojos. No llores, es culpa mía, ¿crees que funcionará ese extintor?, déjame un libro que te haya gustado, no hace falta que me acompañes, sólo me siento bien a tu lado, quédate con lo bueno. Qué difícil es desprenderse de tu presencia.

18 de enero de 2004

Pausa publicitaria

El placer de entenderlo todo de golpe, como si alguien encendiera inesperadamente la luz en una habitación oscura. Pasamos los días de frío dando vueltas subidos en una noria súbita, con sabor a menta y apariencia de noche de sábado. El recorrido de tu razón descubre el mundo de forma auténtica por primera vez. Me pierdo como una maleta negra en una terminal de aeropuerto y saltan las alarmas que olvidé desconectar. Los pomos de las puertas ya no sostienen las noches de miel, y las temperaturas se adaptan a la soledad del espejo del baño. Es difícil dormir cuando se tiene la sensación de que el tiempo se acaba. Subestimamos nuestra propia capacidad de darnos a quien amamos. Buscamos un mundo más cómodo, incapaces de mantener nuestra palabra durante cincuenta días, y reinventamos definiciones ya pronunciadas para evitar caer en clichés que nos enseñaron cuando éramos niños. Hoy tenemos otra oportunidad, y ya nos quedan pocas. Hagamos un esfuerzo y hablemos desde el corazón. Quizás no nos salga tan caro como pensamos.

17 de enero de 2004

Para qué tanto

Qué sentido tiene pensarte, buscarte, esperarte. Tal vez ya no seas la misma, seguro que yo no soy el mismo, pero eso siempre te dio igual. Y encontrarte una noche de fiesta encendiendo un cigarrillo a solas, o echando un vistazo sin interés a un puesto ambulante. Para qué sirve. Qué sentido tiene. Y estar ahora pensando en ti y escribirte esto, mientras probablemente tú duermes ajena a todo lo que no eres tú. O imaginar encuentros fortuitos y citas imposibles en días nublados, conservar recuerdos y sensaciones en vez de fotos y pulseras. Tocarte el codo, llamarte por el nombre. Sentir el temblor de mi voz y mirarte a los ojos para ver qué escondes al mundo. Y luego cuando te marchas quedarme en una nube negra, y buscar, buscar, pelearme con mi mala cabeza. Fingir que no pasa nada, ponerme la careta sonriente, y pedir otra copa; mezclarme con el ruido y las luces. Y pensar en el siguiente encuentro. ¿Para qué sirve tanto?

Celda

Por qué cuando pienso en ti duele. Siento un pinchazo, un temblor, un escalofrío, se me cierra la garganta y no me deja hablar como quisiera. Eso no se controla. Puedo amaestrar la mente, autoconvencerme de que me haces mal, prohibirte un sitio en mi corazón, buscarme una vía de escape para cuando me acosa tu fantasma. Pero no consigo evitar esa borrachera de sensaciones cada vez que te veo. Cómo hacer para que te alejes de mi alma.

Por voluntad propia

Tiene los ojos grandes
para no perder detalle de lo que pierde.
Tiene el pelo corto y la certeza
de que se le escapan los trenes
que la puedan llevar lejos de sí.
Tiene un pinchazo de dolor
por cada espina que se ha clavado,
y la sensación de soledad
anclada en los tobillos.
Tiene amigas (eso dice)
en las que no confía,
y tiene soldados (eso olvida)
que se preocupan por ella
hasta cuando ella misma se despreocupa.
Tiene sueños, labios, ideas, dedos,
luces, nariz, sombras, canciones,
alma, tristeza, talento y cuello.
Y no se da cuenta del misterio que supone
adentrarse en ella
atreverse a descubrirla.

Frío polar

El miedo es eso que siente quien cree injusta su situación. Miedo a perder lo que se tiene y lo que no. Miedo a sentir miedo. Eres adicta a la soledad, a torturarte, a pensar de más y quererte de menos, sucia del club de los sueños rotos antes de que tengan ocasión de cumplirse.
Conformista en negativo, pesimista del arco iris, caminante bajo la tormenta, jugadora solitaria, presumida por vocación, alma de tango, triste autosuficiente. Arquitecta de burbujas de irrealidad. Reclusa de tu propia mente. Triste sin motivo.

16 de enero de 2004

Física y Química

El trabajo que me cuesta describirte tiene una gran ventaja, porque mientras lo hago estás sentada a mi lado, y yo voy cambiando tus tazas vacías de té y tus cigarrillos por flores que no existen pero que vamos inventando sobre la marcha. El otro día, en pleno eclipse de besos prestados, sentí un rayo azul pasar por mis dedos al rozarte el brazo; eso me demuestra que eres energía necesaria para seguir respirando. Mis ganas de verte se cruzan con mis exámenes pendientes en vagones de metro desocupados, y me paraliza tu blanco nombre como las gotas de lluvia en el escaparate de la esquina, donde compras collares de cuentas y pagas con pedacitos de tus sueños. Esos que no se acaban y en los que nunca salgo yo.

10 de enero de 2004

Café con leche y abrigos

El cielo es algo que hemos inventado para describir lo que sentimos al amar. Todo lo que vemos sobre la mesa son barajas usadas cuyos trucos conocemos, y con las que siempre hacemos trampas para perder. De vez en cuando nos asomamos a la ventana que da al patio interior para descubrir que tenemos ideas que ocultar, caminos que desandar, frases que callar y gestos que olvidar. Ahí fuera siguen las nubes amenazándonos con limpiar nuestra mirada. Pero todavía tenemos cosas en común y no lo sabemos, todavía debo memorizar las maneras que tienes de salirte siempre con la tuya. Así que no te marches todavía, que no has traído paraguas.

8 de enero de 2004

el olvido es una mancha de café en el cuello de tu camisa.

Tiempo muerto

Cada noche vuelvo a ese lugar entre tu cuello y mi alegría. La única razón para tirarle piedras al sol, y el rincón donde me refugio de la tormenta. Llenas las sábanas de pájaros que son tus manos en mi pelo, y tejes con media sonrisa una barandilla a la que asomarme. Pasaría el resto de mi vida abrazado a ti, soltándome sólo para contarle al mundo la verdad sobre el cielo. Detengamos la rutina cinco minutos, ahora que nadie nos ve.