24 de febrero de 2004

Blondy Sunday

Más allá del ruido de los coches, está el refugio de los que aún pueden vender sueños irrompibles. Evitando que las gotas de lluvia tiñan de realidad sus sombreros de fieltro, escapan hacia garantías de alta fidelidad y promesas de amor eterno tejidas con fantasías. Mientras tanto nosotros, rodeados de muros invisibles, masticamos nuestra dosis diaria de mudanzas y cartas de ajuste, compramos pantalones que traen ya incorporado el polvo de los bolsillos, y se nos rompen los electrodomésticos cuando más creemos necesitarlos. Pretendemos consumir menos de lo que hemos invertido en nuestras rutinas algo ajadas y con las esquinas de las páginas dobladas demasiadas veces. Suplico un respiro, un momento de trasbordo entre dos vuelos sin motor hacia ninguna parte. Dame un gesto, tu bufanda al cuello, alguna esperanza de vida que borre de un plumazo cuatro días y nos deje meciéndonos a contraluz, como niños que bailan por primera vez sin música de fondo.

18 de febrero de 2004

a Luna, por sus balcones

No hay mejor modo de romper los lazos que me atan a la rutina de los días inservibles que lanzarme con los ojos cerrados hacia tu presencia sin cremalleras ni fechas de caducidad. Odio pagar a plazos las hipotecas de los besos que di sin querer, y en las baldosas de mi calle se ocultan todas las historias de amor que acabaron sin perdices. Harto ya de intercambiar billetes falsificados con ladronas de guante blanco, me refugio en el calor de tu camisa azul y me escapo volando sobre la alfombra mágica de tu dormitorio, con un gorrión en cada mano y sin permisos de circulación. Al fin y al cabo, tú y yo hablamos el mismo idioma: papeles firmados, bisutería de oferta, cenizas en el aire.

11 de febrero de 2004

Estudios

Hoy me apetece recoger los pedacitos de paisajes que vas dejando sobre las papeleras, como diminutas semillas de vida. Mira el pelo recogido en tu nuca mientras ojeas un diccionario de francés para un trabajo de la facultad. Sobre la mesa tu chaqueta, apuntes desperdigados y tu reloj. Siento que si todo acabara ahora, debería ser de este modo. No obedezco las indicaciones de las hojas en los árboles, y siempre huyo por la salida de emergencia sin haber visto el humo. Me encomiendo a unos pantalones a cuadros y a ciertos ojos verdes cuando el peso del aire me tiene contra las cuerdas. Se agotan las baterías que mantienen las luces siempre encendidas, y los estudiantes olvidan declaraciones de amor en las paredes. Me guío por el reloj con retraso de la biblioteca, y recojo mi caña de papel para no pescar más tardes grises ni frío en los pasillos: prefiero el sabor de tus miradas cuando te despiertas, prefiero romperte los esquemas cada vez que nos cruzamos. Voy a cerrar las ventanas dormidas de febrero, para que puedas beber de la fuente sin que te duelan los dientes. Préstame una semilla más, para no olvidarme de regar las fotos que nunca enseño a las visitas.

9 de febrero de 2004

Necesidades básicas

Eres la llama que nadie encendió pero que nunca se apaga. Estaba perdido, en un momento áspero y desconocido, como un tablón de madera flotando en el Estrecho. Sentía que mi presencia allí era la sombra de un día de fiesta estropeado por una tormenta de verano. Cuando apareciste tú, iluminando la sala, llenando el vacío. Parecías moverte a un palmo de distancia del suelo, con esa seguridad con que se asoma la luna al espejo del mar. Me miraste, y mi habitual torpeza te evitó, pero de repente comprendí la necesidad de ti que tengo, y cómo me muestras el camino sin darte cuenta. Creo que te debo todo sin que me hayas entregado nada, y veo mi vida como un instrumento para que seas feliz. A nuestro alrededor surgía un huracán devastándolo todo, y se desataba la furia que se acumula en los rincones de la memoria fugaz, pero tú y yo permanecíamos impasibles, sin decir nada, porque no había nada más que añadir. Me hace falta poco para mantenerme vivo: lápiz, papel, tu pelo y tu risa. Me basta así.

6 de febrero de 2004

La luz ausente

Resuenan tambores de guerra en las calles desiertas de la ciudad de Praga. Desde la cama, en la otra esquina de tu mundo, te miro vestirte. Siento cómo la paloma se aleja volando. Tal vez mis errores de siempre han vuelto a jugar en mi contra, y las voces se rompen en el vacío de la pared mientras cierras tu maleta. Noche sin luna. Nada ha cambiado, y yo no soy tan fuerte ni tú tan débil: equivocamos los papeles antes de subir al escenario. Cogí lo que necesitaba de ti, pero tú construiste tu muro con arenas movedizas y ahora hemos quedado los dos atrapados. Sólo busco a alguien que me haga sangrar y respirar; la próxima vez no despilfarres tu amor de esta manera. Deja la ventana abierta al salir, que no quiero respirar mi culpa.

4 de febrero de 2004