3 de mayo de 2005

tres asaltos

Hoy volviste a aparecer. Últimamente consigues entrar sin llamar, cuando menos te espero, cuando hace meses que no te busco. Ardieron los pedazos de noche que te cogí prestados, y salió por la ventana hasta el último de mis silencios, como estrenando alas con flecos de colores. Todo lo que nos une es redondo, áspero y plateado, amargo y sin vida. Ya no te debo palabras, no colecciono cupones para ganar tu mirada. Perdimos la tensión en algún punto entre aquel vagón de tren y tus ojos cerrados. Los dos tenemos algo que susurrar al tronco de un árbol; ésta no es la manera, no es así como solemos hacerlo, atascos, teléfonos móviles, tijeras sin punta. Muerde mis cartas marcadas, no volverás a verme sonreír.

18 de abril de 2005

Freewheelin´

La melena llena de luces de neón, anuncios en las páginas ocultas del periódico y una superpoblación de siempres, siempres saliendo en carretillas de una mina oscura o cayendo en paracaídas sobre los tejados del barrio, escaleras exteriores y ladrillos húmedos. El chico se deja agarrar el brazo por la chica, llueve y los dos caminan encogidos, como si quisieran protegerse de la tormenta, pero al mismo tiempo lo hacen por el centro de la calzada, una contradicción más. Ella dice “patria”, “hogar”, y el dice “frontera”, “pasaporte”. No pueden ser más distintos, como la tinta y el papel. Por eso se aprietan el uno al otro, son capaces de atravesarse durante cuarenta minutos y salir por la espalda, y no hay nadie más. Cuando caminan de esa forma las calles se vacían, en realidad todo se vuelve horizonte y no hay más que avanzar por la carretera, durante horas o tal vez vidas. Da igual si es de día o de noche, nadie se fija en los detalles, en el contorno, en la ropa. La ropa: el se abrocha la americana con prisa, podría ser primavera o tal vez invierno. Ella viste un abrigo verde, botas altas, es más prudente, consciente, más de este lado. Son una pareja de siempres, recién aterrizados, aún con jet lag y una única sonrisa. Una sonrisa en la que es fácil encontrarse, reconocerse, una sonrisa habitable. Es imposible no detenerse ante la imagen, tan sencilla como pronunciar amor, cerca, dentro. Las palabras más profundas son las más fáciles de pronunciar, pero las más difíciles de decir.

29 de marzo de 2005

Cold Water

Contigo los días eran como flores abriéndose más allá de cualquier mirada. Tu capacidad para recogerte sobre ti misma tenía sabor y peso específico, textura reconocible y respuesta a las preguntas más interiores. Eras mantenerse en el alfeizar y aferrarse a las ganas de vivir, de volver a levantarse tras el huracán. Un rayo partiendo la realidad gris de este lado, arrancando la tela que me ocultaba de la luz y el calor del sol. Por eso yo te notaba inalcanzable, lejana ahí arriba, intangible. Yo tan sólo podía imaginar y tú ya eras pura realidad, papeles amontonados en el suelo, en cajas de zapatos, camisas arrugadas, ojos vendados, depósitos que empiezan y una puerta entreabierta; a veces cable de teléfono retorcido o bolsas negras como una nueva forma de jugar, de inventarnos en nuevas dimensiones. Un billete de avión nos unió durante más tiempo del que ambos habíamos previsto, el espejo que revienta en un millón de reflejos y todos con tu sonrisa grabada a fuego en cada veta. Nuestra forma de acompasar los latidos del otro era el vuelo rasante sobre todo lo que ya no nos importaba, borrando cada cicatriz; vital como cada uno de tus gestos. Por eso cuando te marchaste no dejaste hueco: me bastaba con entrecerrar los ojos y sumergirme diez centímetros más. Allí, al volver la página, te encontraría de nuevo.

9 de marzo de 2005

Sidney West y otros poemas

Sobrevolando realidades con la consistencia del papel de fumar, arrastrando recortes de periódicos a través de una selva de mercurio. Persiguiendo cada forma geométrica enviada en sobres sin franquear y deshaciendo uno a uno los calendarios chinos. Sugerente como una figura con las piernas largas, hormigas y engranajes, que camina y se gira mirándome por dentro. Rodeados de letras distintas, de idiomas diferentes emitiendo una misma música al ser escuchados. Una hoja cuadriculada llena de fórmulas matemáticas junto a una bufanda con botones, vistas panorámicas desde el trapecio y tazas verdes para el desayuno. Todas las películas empiezan con la misma imagen, cuando las cucharas de madera y las tijeras plateadas intercambian sus miradas. Me despierto escuchando la vida detrás de la puerta, el agua que corre y las risas, la alegría de ser consciente. Hoy quiero ser rotulador en el bolsillo de un viajero de metro, para pintar de azul cada pequeño rayo, cada bicicleta tuerta, cada constelación privada.

21 de febrero de 2005

apariciones

Al sur de Buenos Aires siempre hizo demasiado frío como para correr descalzos sobre la hierba. Aún así, tú sonreías junto a la máquina de tabaco en todos bares de mi calle. A veces jugabas a esconderte de mí en las escaleras mecánicas a través de postales sin sello, y yo te saludaba en la chica del abrigo marrón esperando de espaldas al semáforo. Tú preferías soñar, cerrar los ojos y apretarme las manos como una forma de pronunciarnos de cerca. Yo siempre cargaba con anclas oxidadas y me perdía en las gotas de lluvia que resbalan por besos paralelos en tu mapa y el mío. Cada vez que te busco encuentro una cura transitoria, una desnudez que desarma por su sinceridad. Es ese espíritu el que alimenta los colores de mi paleta, el que me hace sonreír ante completos desconocidos. Ya no hay nada que no te haga presente. Firmemente estás.

10 de febrero de 2005

nido

Hoy es el día de sonreír a las sillas, de sentir cómo me bailas entre el mapa de mi mano y el lunar de tu clavícula. Me apetece compartir contigo la larga noche, la visita a los amigos que nunca cierran, y esas tres palabras que no significan nada si no salen de tu boca. Me sobra el calendario cuando cierro los ojos y apareces en la penumbra, cuando por fin mojo mis manos para arrancarme el polvo y se caen todos los muros: hoy ordeno la arena y no escribo ningún nombre de domingo con iniciales. Me elevo sobre las cartas marcadas, veo las penas alejarse pequeñitas desde el ojo de buey de tu camarote y remo hacia tu orilla. Bebo de ti, cada rellano tiene una letra de tu nombre escrito en un sobrecito de azúcar blanco. Cuando no nos queden promesas para que sigan sonriendo los sauces del parque nos fijaremos en tijeras de colores y libros desencuadernados. Te presto mi llave para que puedas entrar en mi alma cuando yo esté de viaje; necesita ventilación diaria como yo necesito ver tus ojos reflejados en el cristal del vagón. Recojamos los alfileres que el frío derramó y disfrutemos el desayuno en aquella terraza de marfil con vistas a tu pelo. Yo invito.

31 de enero de 2005

Acuse de recibo

Estás rodeada de gente más rápida que yo en tender sus gabardinas en tus charcos para que no te mojes. La mesa está llena de papeles que intentan pronunciarte en tardes breves como gotas de lluvia. Cada surco de mis manos guarda un trocito de todo aquello que te debo, ese chico con ojos de árbol que leía en el metro y no se bajaba en ninguna estación, y el calor que da una habitación tapizada con sueños de Hollywood. Dibujos de niño pequeño, letras entrelazadas y caligrafía redonda. Vimos un coche solitario atravesando la autopista y de fondo siempre sonaba tu canción y la mía. Los tipos más duros y resistentes están alargando la despedida como si supieran lo que se esconde detrás de la puerta tres. Nuestros disfraces no son necesarios cuando conseguimos sobrevolar la irrealidad desde tus hojas en blanco y mis soles amarillos. Aunque ya no nos quedan hoteles con todo pagado, cada "cerca" es una declaración de intenciones con sabor a palomitas en los escalones de tu plaza. Recorriendo los mapas...

21 de enero de 2005

Intransferible

Muerdo el viento a cada paso, rompo vendas, arranco las mordazas que intentan frenarme. Camas de hospital demasiado pequeñas, rabia, calor asfixiante. Contesto postales con años de retraso mientras escucho quebrarse el hielo bajo mis botas. Agujas que desatan pequeños huracanes, puntos suspensivos escondidos detrás de cada muerte en cajas de cartón reciclado. La trompeta desgarrada entre el humo y el ruido de las copas. Una conversación seria, el tiempo alquilado, la papelera que desborda, mi voz doblada y cables por todas partes. El cielo ha decidido venderme su última despedida, y ahora estoy tendiendo la ropa que ayer quería quemar. Mi corazón late más despacio. Espero.

25 de diciembre de 2004

Orilla mojada

Bailar con ella era robar versos en idiomas desconocidos, correr de madrugada por la calle desierta, vaciar los ceniceros en el lavabo, dos tickets para la primera sesión de la tarde, clases de coreano, probar a acariciar las nubes desde la ventana, entre las antenas del edificio de enfrente. Un papel con una esquina doblada, el tintineo de unas llaves en el bolsillo. Discos desordenados encima de la mesa y el crujido del taburete en el la bemol. Su mano apoyada en el sofá a dos centímetros de mi pierna, transmitiendo energía por inducción; los globos de las paredes justificando nuestra decisión de celebrar su cumpleaños en la zona menos iluminada de su propia fiesta. El ruido de nieve cayendo, pasos en la gravilla, Mary Higgins Clark junto a un semáforo en verde, estatuas de luz en la Plaza de las Flores, 49 teclas de un piano desdentado, un autobús cortando pasos de peatones como toallas verdes después de la ducha. Al amanecer siempre quedan vasos rotos en el suelo y pocas ganas de recoger, dos sonrisas flojas y un bolígrafo sin tinta.

4 de diciembre de 2004

Ciencia ficción

Divagar, dejar la mente en blanco y empiezan a aparecer las imágenes, los sonidos, los aromas. Desde la azotea todo parece más insignificante, como pequeñas motas de tiza en una pizarra. Las sillas pierden sus tornillos y disfruto de la inocencia de un tubo fluorescente. Nada se aleja, todo está dentro de un bucle que también te atrapa a ti. Una red con dedos largos como los de una madre sobreprotectora de telefilme americano, sábado, cuatro de la tarde, niños ante el televisor encendido. La araña tejiendo en la esquina del dormitorio y demasiados terrones de azúcar en el bolso.
Si quieres aún te puedes salvar, todavía quedan billetes y la terminal nunca cierra por vacaciones. No hagas planes con mucha antelación, y conviene tener siempre detrás del armario una maleta por si cambia el viento. Nada de lo que yo te pueda decir debe ser tomado al pie de la letra, al fin y al cabo yo estuve arriba y me expulsaron de por vida; así que ahora sólo vendo consejos robados y cigarrillos húmedos. Todo lo que sabes está al alcance de cualquiera con un carnet de biblioteca, la gente a la que admiras murió hace siglos y casi ninguna de tus ideas es propia. Ni siquiera tus recuerdos te pertenecen, alguien te tuvo que inventar una infancia a medida en una ciudad del interior. Parece que los alfileres de mis labios y las yemas de mis dedos van a fundirse en el fuego, entonces apago la luz y vuelve la calma, el silencio. Semana tras semana.
Hay días en los que todo parece encajar, y cuando vas a besar a la chica despiertas desnudo al pie de tu cama.

22 de noviembre de 2004

abecedario

Los aviones de papel aterrizan en la papelera mientras crecen mis ganas de conocer el último verso que duerme entre los pliegues de tu bufanda. Necesitamos un tendedero sin cuerdas y unas tijeras con la punta redonda, hojas sueltas de un calendario antiguo y una estrella que nos quepa en el bolsillo junto a tu mano y la mía. La tarde suena a carpetas amontonadas y caramelos flotando en una taza de café. Tu mano transmitiendo información a la mía a través de un centímetro de aire y preguntas sin respuesta. Recuérdame cada promesa que no voy a romper. Pídeme que te rapte y huyamos a ese bar en el que la última ronda es siempre gratis, al banco bajo el árbol de todos los inviernos de mi vida. Todavía no ha empezado a nevar y ya me apago sin ti; nunca entendí la lógica que encierra tu forma de aparecer en cada pequeña escena, como un marcapáginas en ese libro que tuvo demasiadas visitas y segundas oportunidades. Tengo una caja vacía de cuentos que contarte; cuando quieras regalarme consonantes, pídeme a cambio una vocal.

13 de noviembre de 2004

All God´s Children

Cinco metros. Tan sólo cinco metros me separan de ti, y yo intento reducir esa distancia mirándote, casi veo mi mano rozando la curva derecha de tu cuello. Esa zona siempre me resulta un misterio, algo que no consigo dibujar con los dedos, y aparece ante mí cada vez que escuchas con atención. Inclinas un poco la cabeza y yo desciendo desde el lóbulo hasta la clavícula, memorizando la única geografía que realmente merece la pena; todo lo que necesito saber está escrito en dos palmos de piel. Probablemente tú no te habrás dado cuenta, pero a veces incluso el aire se detiene y todo se congela durante el tiempo justo para que te apartes un mechón de pelo. En eso consiste también el secreto: a los ojos de cualquiera, tan sólo somos dos personas separadas por baldosas y bancos de madera. Vistos de cerca, nos parecemos más al sol y al niño que intenta acariciarlo desde la playa.

2 de noviembre de 2004

Princesa herida

Termina la cuenta atrás y otra vez estás sentada en el borde, con una pegatina en la chaqueta y sonriendo a todos los chicos que te miran desde arriba. Peleando con un portero para que te deje entrar sin pagar, haciéndote pasar por la novia de un chico que luego intentará algo más, difuminando el maquillaje. Es tu espejo el que devuelve amplificado el brillo en tus ojos, es tu bolso el que desapareció mientras mirabas hacia otro lado. Hay una capa de cera que se derrite, un muñeco de novia sin cabeza sobre la tarta, una visita no deseada a los servicios. Un tacón que se rompe y un pendiente que se pierde. Es el precio, la llave que abre la puerta del desván, en cada beso una promesa con un pequeño alfiler. Demasiado tarde para descubrir que el futuro no es vivir de prestado en una caja de cerillas.

15 de octubre de 2004

Paraguas extraviados

Salgo de la tienda y tres minutos más tarde me doy cuenta de que he olvidado el paraguas dentro. Ya he perdido demasiados, pero no vuelvo a por él. En cambio doblo la esquina y ahí está otra vez: el hombre del arpa, con las cuerdas de colores y discos con su fotografía en la portada, apoyados en la funda a sus pies. Siempre que lo veo me parece estar viendo un fantasma, un accidente entre el sonido de móviles, como un recorte del pasado perdido en plena avenida.
Sigo caminando y vuelvo al parque, a buscar un abrigo, un olor entre la gente. Nunca te encuentro, pero tal vez andar de aquí para allá tras tus pasos es todo lo que puedo hacer, lo que quiero hacer. Ahora llueve con más intensidad, y las gotas hacen brillar la madera de todos los bancos menos de uno. Allí, entre hojas de castaños y revistas viejas, una chica mira con ojos distraídos unos apuntes de psicología. Sus gestos parecen aprendidos en películas de Godard, en versos aún no imaginados que ponen letra a la música de Coltrane. Me pregunto si aceptaría mi mañana de octubre como regalo.
No podemos buscarnos en otras personas, aunque a veces desearía poder apagar la luz, para que a oscuras nadie notara la diferencia.

7 de octubre de 2004

(nice dream)

En aquel tiempo todos los globos eran de colores, y los chicos nos sonreían y saludaban al cruzar los pasos de cebra. La chica de las bolas de malabares aún apretaba las carpetas contra su pecho cuando soplaba el viento, y yo forraba las paredes de mi habitación con sueños que nacían muertos. Me perdía en laberintos sin salida, amenazas blancas para los días sin siesta, y las estatuas relucían con cada pañuelo que se anudaba al cuello. Era como una de esas baldosas sueltas que siempre te salpican; coleccionaba llaves rotas y lanzaba los dardos con la mano izquierda. Una tarde olvidó su sombrero sobre mi almohada, y sintió que la luz del sol no es siempre la mejor compañera de las volutas de humo azul. Pasear con ella era como trepar a la cima de la montaña más alta, y una vez arriba romper a llorar por no poder seguir subiendo, un permanente tirabuzón en una montaña rusa con las vías rotas. Cruzábamos el parque con nuestras sonrisas antibalas al hombro, visitando al bedel de las gafas tintadas y a la chica de los periódicos bisiestos. Tal vez no era la situación ideal para ninguno de los dos, pero menos da una piedra. Lentamente se fue encerrando cada vez más en sí misma, llegó el momento en que el ruido de sus oídos no le permitía escuchar ni ver más allá, y la angustia de vivir siempre con la maleta junto a la puerta nos hacía cerrar con tres candados cada puesta de sol. Cuando al salir de los baños en un bar encontré su espíritu haciendo cola, decidí que ya me había cansado del café amargo y las mentiras sin masticar. Tiré del hilo, y a cinco pasos de allí estaba el mundo.