21 de julio de 2004

5:55

Tus ojos son apagar una a una las luces de casa, quitarse los zapatos, abrir el grifo. Son un libro de tapas negras sin título, resumen ni índice. Mientras tomo tu brazo como quien agarra una manta en mitad de la noche pienso: hay otras luces, pero este ruido no nos deja verlas y decidimos que no existen.  Tu recuerdo es una máquina con grandes engranajes, enormes ruedas, una factura sin pagar en cada pensión del puerto. Eres toallas dobladas, olor a cremas hidratantes y pastillas de jabón, el tapón de la pasta de dientes flotando en la bañera. La hebilla ancha y plateada de tu cinturón sobre la cama, revistas abiertas y flores de papel. Un cuadro torcido en el pasillo, un vagón de metro que no se abre en ninguna estación, un video mal programado, despertadores que no suenan, carretes velados. El triángulo que forman tus ojos y tu nariz delimitan a la perfección tu territorio, la fortaleza que se eleva desafiante. Tu forma de restarte importancia, de esconderte entre los días grises, de preguntarme razones para mirarte así, no dejan de ser trucos, capas de tierra que retirar para encontrar la esencia, el motivo de tantos decorados, actores, la orquesta en el foso, el coro y el telón subiendo y bajando. Todos somos personajes secundarios en tu gran escena, esa en la que te das a conocer y yo olvido mis pocas líneas de diálogo.

14 de julio de 2004

reset D.F.

Hace ya tantas esquinas que no recuerdo ni por qué estoy corriendo. Perdí la cuenta de las primaveras que nunca debí haber apostado a tu caballo, y el hielo de los vasos siempre acababa derritiéndose. Hasta la chica que perseguía a los cantantes de moda se cansó de gritar y reír al apagarse las luces. Recibí dos consejos: en todas las botellas el tapón gira en el mismo sentido, y por mucho que saltes de azotea en azotea nunca conseguirás el primer premio; hay cientos, miles de hormiguitas esperando su turno. Así que adelante, cuélgame, rómpeme, clávame agujas. Estoy cubierto de unos y ceros, y el cristal que ves es irrompible. Una pista: tan sólo tienes que leerme. Un poco más abajo. Ahí estás, entre línea y línea, sin tu coraza ni mis ganas. En el instante exacto en que brindo a tu salud, en esas marcas que dejan las copas en la mesa, en cada pregunta “un poco personal”. Esta noche quiero ver a qué sabe tu olvido.

8 de julio de 2004

Bajos vuelos

Pretendo secuestrarte sin romper la punta de esas tijeras que cierras cuidadosamente antes de cada beso. Tengo un plan perfecto, con huida en descapotable y cientos de cigarrillos mal apagados en la guantera. Sólo necesito un zumbido, ojear la guía de teléfonos de tu comarca, y robarte el aliento con ese olor tan tuyo. He dejado las camisas sin planchar sobre la silla, y escucho el rumor del mar a través de la ventana. Pronto haré un viaje del que no creo que vuelva: hay lagartijas en el desierto que se tratan mejor que nosotros dos, aunque el chico de los lápices afilados nos diga lo contrario. Sólo busco tu mano en mi hombro, tu pelo entre mis dedos, una postal sin franqueo pagado. Todo son esperas...

26 de junio de 2004

Significado

Nunca seré Fred Astaire, pero tal vez soy más rápido que tú disparando. Tus viajes al extranjero dejaron de ser productivos hace tres o cuatro martes, cuando descubrimos la verdad sobre las bocas de metro. Ya no me quedan pelos en la lengua, no los suficientes, y tampoco sé hinchar globos con forma de jirafa. Además, confundo la calculadora con el bloc de notas, y los cuatro minutos de una canción siempre se me quedaron cortos. Pero el gris tiene sus ventajas: al menos, no luzco mis cadenas en público, y nadie se atreve nunca a criticar al pianista. De todas formas, ¿te has reconocido esta mañana en el espejo del ascensor? ¿Sabes cuántos aviones han pasado sobre tu cabeza? ¿Has probado a caminar hasta tu casa? Al fin y al cabo, no eres tan distinto como pensabas, nadie es especial, nadie es imprescindible. Guárdate esa mirada para círculos íntimos. Estoy más que acostumbrado a escaleras sin pasamanos, a puertas sin candados, a frases sin significado. Con sentido.

15 de junio de 2004

Todo lo demás

Cada uno se imagina su propio paraíso, mientras va construyendo una filosofía a base de frases robadas en calendarios de sobremesa y desengaños pactados con meses de antelación. De repente hace frío; las nubes han vuelto para recordarnos que a veces es mejor callar los consejos, y hay demasiadas chicas dispuestas a subir al primer coche que pase. Tus pajaritas de papel nunca aprendieron a volar; tal vez por eso ahora te miran desde el otro lado del cristal mientras eliges el color de las paredes. Son distintas formas de huir, libertad mal interpretada, como esos botellines de cerveza con tapón de rosca. Cuando escuches que la vida gira sobre un eje podrido, échate a temblar: las ruedas pinchadas no tienen voluntad, pero pueden decidir por ti. Desconfía de los folletos, la leña seca, los pañuelos de papel, la leche cortada. Quédate sólo con las cáscaras.

9 de junio de 2004

Baila en mi calle

Estos días siento especialmente tu ausencia, cuando el peso de los termómetros nos hace desear más noches sin dormir. Aquel taxista fumador de pipas que discute sobre cualquier tema me ha vuelto a sorprender con tus verdades desde el otro lado de la ventanilla de seguridad: “sobre la barra del local de la esquina alguien dejó un anillo de madera sobre una servilleta escrita; una mujer así merece realmente la pena...” y siempre he preferido colocar los libros que me regalas en la estantería de mi dormitorio. Le robo un segundo a cada hora para regalarte un soplo de aburrida teoría, unos y ceros, las luces apagadas y las trompetas con sordina. Conoces mis claves de acceso, mi mapa del tesoro, una canción con tu voz. Todo parece venirse abajo, menos un número de teléfono y una promesa de abrazo. Son días en los que tu cascabel es la ventana abierta entre kilos de papel desperdiciado.

31 de mayo de 2004

sms

Es todo un arte escribirte un mensaje de móvil. Casi como un soneto, una historia en miniatura con planteamiento nudo y desenlace. Sin sobrepasar los 150 caracteres tengo que contarte fuegos artificiales, gasolineras, luces de neón y olor a hierba mojada. Siempre me gustaron los kilómetros de autopista sin más iluminación que las luces del coche, y tu voz sonando entre canción y canción. No hay freno de mano ni línea 11 del metro que impida un verso como un doble mortal y sin red. Es un todo o nada en el que siempre gana la banca; una ventana de emergencia sin martillo a mano. Ya llega el momento de acortar las palabras para no sobrepasar el límite. Pierdo el índice de la gran enciclopedia que aún no hemos escrito mientras malgasto grapas y pinzas de la ropa tratando de alcanzarte. No te dejes engañar, dejé las llaves puestas en la puerta. Sólo hay que empujar.

23 de mayo de 2004

Cuando conté mis demonios

Nunca esperes demasiado de mí. Es lo más cómodo para los dos, nadie saldrá defraudado. Prefiero no escuchar el pistoletazo de salida, ni apagar la luz de la mesilla cuando me voy. Desde el espejo del baño intuyo tu silueta bajo las sábanas; no me quedan colores para pintarte una vida lejos de aquí. Esta noche tampoco veremos estrellas fugaces. Mira bien, fíjate en los bocetos de las paredes: todo es gris, distintos tonos de gris. Vivimos en la periferia de la cotidianeidad, entre el mando a distancia el gas natural. Pero cierras los ojos. Te apartas el flequillo. Haces sonar tus pulseras y enciendes un cigarrillo. La cinta de vídeo se rebobina, y gotea el grifo del lavabo. Pequeñas cosas, como migas de galletas en la almohada. Tendré que aprender francés, llevar siempre el carnet encima, dejar de escribirte en los descansos de clase, poner el despertador a diario. Al menos tenemos treguas y paréntesis. Y no insistas. No puedo saltar cuando todos miran, cerrar el último bar, bailar, distinguir unas flores de otras. No esperes demasiado de mí. Te harías daño.

20 de mayo de 2004

pequeñaguapaymorena

Leí tu nombre en el periódico, agenda y espectáculos. Olvidé preguntar los horarios de autobuses. Borré con el pie los garabatos que había hecho en la arena. Desnudé el álbum de las fotos robadas. Me puse tan nervioso como solía ponerme antes. Pedí una cerveza para tener las manos ocupadas. Te vi distinta pero igual, y recordé lo que es sentirse vivo. Sonreí la primera vez que me miraste, y la segunda, y todas las demás. Me temblaron las piernas en el cambio de tono tras el puente. Me marché tras el último acorde. Subí las escaleras del bar de tres en tres, oídos sordos. Respiré profundamente al salir a la calle, treinta y siete grados. Llegué a casa y te empecé a escribir.

18 de mayo de 2004

Hipotecas

Hoy ha sido una bonita tarde para volver a nadar en la pecera, para soltar todo el lastre de tensiones no necesariamente soportables. Pedazos de cartón que acumulamos como anclas en el cajón con llave de la cómoda. Nadie te va a hacer daño así, dicen gaviotas cada vez que anochece. Las miradas no duelen, etcétera. Mentiras aprendidas en cursillos intensivos... Hoy rompo papeles cuadriculados, te escribo directamente en el suelo, sin rincones donde esconderme, sin una cerveza en la mano como escudo protector. Esto pretende ser el epitafio del vuelo de una hoja de periódico, un pretérito sin síntomas de lucidez. Jamás es una palabra tan definitiva...

14 de mayo de 2004

How long does love stay green?

Tengo la cara pintada de blanco pero escribo con letras manchadas de rabia. Tú sin embargo me lanzas dos cables de hierro a traición, dos cuerdas de piano por la espalda. Tienes el don de dar voz a tu odio, toda ese resentimiento que has ido acumulando en tu caja de caudales durante meses; ahora me lo tiras a la cara. Para mí no hay más, siempre supe levantarme antes de que acabara la cuenta de diez, y después devolverte certificado un pedacito de infierno. No me debes nada, y afortunadamente yo a ti tampoco. Apenas tres minutos para que el rayo incendie las malas hierbas, una tarjeta de visita en tu buzón desvencijado. No te molestes en contestar, la carretera es ancha y mis pies veloces. Te enviaré una postal con mis señas cuando llegue a la parte de mundo en que no estás. Nunca una espina salió tan fácilmente.

8 de mayo de 2004

Acceso sólo con invitación

Ella era rubia, con ese aspecto alocado que tienen las chicas fatales; mascaba chicle como si le fuera la vida en ello, y su móvil sonaba con insistencia desde las profundidades del bolso. Tenía los dedos y el corazón marcados por el roce de las cuerdas del cello, un dato que sin duda ocultaba a sus conquistas. La melena rizada le caía desordenada, a borbotones sobre los ojos, y yo me dejaba caer en ellos, sin marcha atrás, sin arnés de seguridad ni paracaídas de repuesto. El tren llegaba con retraso, el andén era un hervidero de abrigos y conversaciones paralelas, y yo la amaba despacio, a pequeños tragos, sin querer atropellarme ni arrastrarme hacia un amor azul pálido que ella no merecía. La banda sonora de mi cuarto creciente intercambiaba giros bajo tierra y parcelas privadas en el cielo de su boca. Mi meta era memorizar cada gesto, cada anillo de sus dedos, su forma de mirar en las pantallas el tiempo que iba a tardar en llegar su tren. Salir definitivamente de mi pequeña mañana de martes, continente desconocido, inquilino accidental.

3 de mayo de 2004

La Balada del Hospital Psiquiátrico

La suela de tu zapato dibuja soledades
y desencuentros mientras borramos
las huellas de un crimen no cometido
Hay un gato mirándome al otro lado
y llueve sobre las baldosas del patio

Queda tu sombra, un pendiente de fuego y tres dudas
que despejar antes de agotar la reserva de memorias
Quisiera tener ahora un manual de estilo
para reescribir todas las historias sin final feliz

Nuestro amor fue una cremallera cerrada y rota
nos faltan vías de escape
escaleras de incendios
ganas de viajar sin billete
silencios a quemarropa

27 de abril de 2004

Equivocaciones, reparaciones

Diluyo mis probabilidades de error en buzones sin señas, y el pie de las escaleras está repleto de colillas; intento rellenar con lluvia los agujeros de la goma de borrar y vuelves a aparecer como el hambre o el sueño. Tu cara despeinada me da los buenos días, y tu voz me sabe a ceniza y a pan. Se agotaron las camisetas en el taller de la esquina, y sonríes en tu rincón al escucharme nombrarte. Las alarmas de incendios se alimentan de la duda y del miedo, como nuestras ganas de oler la arena, o esa forma de agitar la pierna izquierda cuando estás sentada. He perdido la cuenta de las veces que te he encontrado, aunque nunca nos quitemos el antifaz. En diez minutos entro en clase y buscaré una mesa en tus antípodas, para creerte en la distancia como un satélite: hoy no tengo ninguna prisa por romper los hechizos.

21 de abril de 2004

Rosas congeladas

Nos cansan las relaciones con ventanillas de banco como intermediarias, donde dar y recibir simultáneamente es tan difícil como huir por salidas de emergencia sin señalizar. Los desayunos en cafeterías con hilo musical nos roban las ganas de saltar la banca, y el humo de cien cigarrillos ensombrece la noche en las jugueterías de alquiler. Tenemos la sensación de que todo es demasiado complicado, y a menudo nos equivocamos. Borrar de la memoria el pomo de la puerta y la persiana bajada supone enfrentarse al espejo. Somos ladrones de sensaciones incompletas, recibiendo disparos que nunca pedimos: soltar el extremo del hilo sería nuestra condena.