7 de octubre de 2005
noventa y seis
Hay momentos en los que sentirse vivo puede resultar más fácil que de costumbre. Sucede cuando disparas sabiendo que sólo te queda una bala. Te das cuenta de que la chica de la compañía de teléfonos tiene que estar ahí de pie toda la tarde, aunque tú te esfuerces tanto como ella en haceros entender gritando por encima del ruido que hace el camión de la basura. Escuchas los latidos de la otra persona aunque estáis a un metro de distancia. Comprendes que la tarde de un viernes de octubre que nace con veinticinco grados no se puede emplear en escuchar vaguedades sobre instrumentación y automatización, que es mejor caminar por la calle y guiñarle un ojo, o los dos, al sol. Le das nuevos significados a la expresión hacer tiempo. Intentas escapar de algo que empezó siendo un sueño, y ya no recuerdas si estás fuera o dentro del laberinto. Prefieres que tarden veinte minutos en contarte algo que podrían contarte en dos. Subes al tejado y notas calor, mucho calor, y ves la vida más allá del mar de antenas. Sonríes cuando de repente, no sabes por qué, huele a hogar, a compañía. Miras hacia atrás y descubres la cantidad de casualidades que tienen que ocurrir para que dos personas desconocidas lleguen a conocerse. Todo esto no hace otra cosa que no sea girar, corre constantemente hacia delante y para cuando nos damos cuenta nos hemos pasado de estación, nos hemos quedado dormidos en el vagón, o nos han vendido un billete de autobús a la ciudad equivocada.
3 de octubre de 2005
inmersión
La mujer-raíz siempre tiene sueño, está hecha de hierba y cristal, y su pasado es sólo un montón de sombras alargadas. La mujer-pétalo da abrazos que son una caída constante, un viaje de ida sin vuelta con destino a ningún lugar. Los besos de la mujer-hiedra son cicatrices, huellas de otros hombres, siempre arrastrando sus pies como una maldición. Cuando miro en los ojos de la mujer-papel, descubro que no hay nada; llego demasiado tarde y ya se ha desvanecido. La mujer-lazo va dejando imperdibles y monedas de latón en cada papelera, y la mujer-recuerdo te romperá el corazón en mil pedazos si no tienes cuidado. Con sólo agitar el fantasma de la mujer-arena, se mezclan en mi boca todos los sabores que he vivido, es una fruta prohibida que viaja de incógnito en sobres sin remite. Temo encontrar lo que no busco entre los rizos de la mujer-roca, y la mujer-espejo no me permite mentir, me obliga a vivir todo el tiempo en la misma sensación de desgarro. Por eso, cuando alquilo mi soledad, cuando tropiezo con alguna de ellas entre las páginas de un periódico, siempre intento evitarlas. No quiero que descubran que mis engranajes se oxidan con la humedad de sus lágrimas: los hombres de plástico no flotamos en agua salada.
19 de septiembre de 2005
Mar de arena
Me he acostumbrado con triste facilidad a vivir abriendo y cerrando maletas, subiendo y bajando de vagones de tren sin nadie que me espere en la estación. A menudo me despierto en mitad de la noche, recordando el brillo de unos ojos que me miran desde un atardecer tabaco, y me gustaría poder barrer los cielos para ver más allá. Entonces me envuelve el humo y las cenizas de algo muerto hace años, y me convierto en un árbol de papel en llamas, retorciéndome de dolor y sin poder respirar. Las huellas en la nieve siempre acaban desapareciendo, como las heridas poco profundas; yo trato de aferrarme a algo para no seguir tropezando, y alguien con mi mismo rostro sale de las sombras para zancadillearme. Me siento el invitado que se deprime en una esquina en su propia fiesta de cumpleaños, y estas celebraciones de ruptura duran ya demasiado. Volveré a correr sin rumbo por las calles cuando me sienta acorralado, aunque sé que no servirá de nada: no puedo olvidar nada, ni pretender escapar de tu mar de arena.
9 de septiembre de 2005
Quinta Avenida
El hombre del sombrero de copa me dice frases que duelen, y la chica de nylon sabe de qué estamos hablando; hay una puerta de hierro que se levanta doblándose sobre sí misma, como una serpiente metálica, y al fondo dos faros de un coche esperando a salir con el motor en marcha. Saber que todo se ha acabado de repente, que nunca volveré a saber nada de ti. Nunca volveremos a compartir acordes de piano ni la palabra “fin” cuando se enciendan las luces. Se parece a lanzarse por la ventanilla de un avión en llamas, nunca sabes si estarás mejor o peor. Tal vez esa cadena que ahora intento romper resulte ser imprescindible para avanzar; pero desde tu hombro todo se ve exclusivamente en tres colores, y la realidad da bastante vértigo cuando te vuelves intangible. Por eso me siento cómodo atrapado en los envoltorios de regalos navideños, con luces intermitentes deslumbrándome y ese olor a plástico recalentado. Antes de marcharte, procura barrer todos los calendarios que rompimos aquella tarde que no podíamos dejar de reír de amargura.
18 de agosto de 2005
colillas
Lo terrible es hacer inventario. Tener que volver a sentir, encontrarse de nuevo con los testigos mudos que testificaron contra un grano de sal. Ser el encargado de barrer los columpios vacíos del parque, o limpiar las mesas cuando todo el mundo duerme. Abrir el cajón, tu cajón, se parece demasiado a sumergirse hasta el fondo, agarrar un puñado de arena y luego tratar de volver con él a la superficie. Ver anochecer y amanecer es tan fácil como saber esperar, llenar dos ceniceros, pedirte que me mientas. Buscar alguna forma absurda de detener el tiempo que me arranca de la ventana, que me empuja a salir de nuevo, por si acaso, a ver si nos cruzamos de camino a ninguna parte. A fin de cuentas, una frase de más no puede ahogarse en un vaso que está lleno hasta el borde. Reutilizar un sueño dándole la vuelta es una estación en la que todos los trenes paran. Sólo hay que saber bajarse de un salto, jugar con tres cartas y que nadie se de cuenta. Saber hacer inventario con la armadura puesta.
4 de agosto de 2005
cristela
Apenas te conozco, sé muy poco de ti, tan sólo dos bares mal iluminados con el volumen de la música demasiado alto. Sin embargo, sé que eres diferente, completamente distinta al resto. Con un brillo propio, que nace de la propia oscuridad de tu voz. Siempre escondida tras un monólogo permanente cargado de gestos que se pierden en el aire, dibujos que flotan y yo intento adivinar mientras sonrío en silencio. Hay una verdad oculta, tu capacidad para transmitir emoción está detrás de tus miradas fulminantes y mis silencios elocuentes. Si tuviera que definirte música, seguramente estarías compuesta a base de tu forma de callar, de tus parpadeos como mapas del tesoro. Tal vez porque en realidad eres todos los secretos, eres la suma de rincones desconocidos, un laberinto de papel construido a través de miles de años, de comunicación pura y lenguajes olvidados. Toda la búsqueda tenía un sentido: encontrarte, encontrarme en ti.
28 de julio de 2005
Cuánto es demasiado
Sólo por esta noche. ¿De veras puede una noche desmontar a dos personas, descomponerlas por completo, hasta encontrar su núcleo, y convertirlas en una única manera de mirar? A la mañana siguiente sábanas desechas, colillas mal apagadas que siguen emitiendo señales de humo, y ropa, mucha ropa, el suelo de la habitación está lleno de ropa. Todas las certezas pueden deshacerse de golpe, a través de un puñado de horas, cuatro dedos extendidos y el sonido de tus zapatos sobre la alfombra. Cuestión de asomarse a una ventana de la terminal, un avión tomando tierra, decenas de maletas esperando junto a una grúa. Cuando pienso en ti todo se resume en esas dos imágenes: el equipaje y la ropa desperdigada, un contraste más que añadir a la lista. La vida se resume en una serie de presencias y encuentros, y tu ausencia siempre consigue predominar sobre el resto. Es una ausencia sombría, pesada, de textura rugosa, ausencia con vida propia. Una medalla que nadie quiere colgarse, un lastre que no se desprende. Sólo espero que no des un paso más, que sigas siendo la voz en off, igual que anoche. Es tan difícil retirarse a tiempo.
13 de julio de 2005
Best before
Se trata de mancharse los dedos. Pero no las yemas, ni ensuciarse un poco las uñas: hay que hundir los dedos hasta los nudillos. Es la única manera. Atravesar tu calle invadida por las palomas, mientras se lanzan contra el parabrisas, ese es el término justo. ¿Quién decide avanzar hasta el borde del trampolín para luego darse la vuelta y volver a bajar? Tal vez sólo así pueda llegar a comprenderte, a dar ese paso de más cuando ya no hay nada que podamos perder. Y de nuevo salimos corriendo escaleras abajo, hasta encontrar el interruptor general para encender todas las luces de la casa al mismo tiempo, nunca aprenderemos a soportar la oscuridad exterior, y por dentro nos morimos por estar a oscuras. Inventad placebos, mentiras piadosas, tatuajes temporales, fechas de caducidad, airbags laterales. Creed en el infinito, en la vida después de la muerte, en las bocas de riego y las salidas de emergencia, próximo desvío, cambio de sentido. Lo terrible es descubrir la verdad demasiado tarde, al mirarte de nuevo en el espejo y no reconocerte. Al darte cuenta de que el tiempo no es más que una navaja sin afilar, que hiere pero no mata del todo.
25 de junio de 2005
Prime time
Si alguien fuese capaz de darte al menos una buena razón, tal vez serías capaz de entenderlo. Pero todo empieza a acumularse, el agua desborda la bañera y los grifos no funcionan. Cuando más falta te hace, la suerte se toma el día libre para asuntos propios. Así que si haces balance, te queda una fotografía movida, un buzón vacío y tres tazas de café en venta, sin estrenar. Una mezcla de frases en distintos idiomas, como una llave en pleno desierto, algo a lo que debes encontrar significado. Ya no estás jugando a adivinar licores con los ojos vendados, ni a montar y desmontar un fusil en tiempo record. Lo peor es cuando sientes que todo lo que hagas, todo en lo que se puede convertir tu vida y la de la gente que te rodea, depende de este preciso instante, de la decisión que tomes dentro de dos segundos. Y no te ayuda nada el viento a través de las cortinas quemadas, ni la hierba sin cortar en el jardín. Es una de esas situaciones límite en las que suelen acabar los capítulos, para mantener la tensión al menos una semana más, ya sabes, todo por la audiencia y las marcas patrocinadoras, ningún sector de público ni tipo de mercado debe quedar insatisfecho. Así que no nos decepciones, pórtate como un héroe y elige bien: un paso en falso y te buscaremos un sustituto. ¿Qué respondes?
9 de junio de 2005
Esfinge
A ella siempre le tocaba el primer turno: nunca los fines de semana ni las noches, su especialidad eran las mañanas de los días laborables. Manejaba como nadie las situaciones del día a día, los tipos cargados de razones y las mil maneras de colocar los focos. Cuando la conocí, era todo tacones y sonrisa de tiburón, el infierno había decidido quedarse a vivir en sus rodillas. Tenía un brillo de desesperanza mezclada con determinación en los ojos, y siempre esos guantes, guantes largos y negros como los de Gilda, no se los quitaba en ningún momento. Nunca llegué a saber por qué los llevaba a todas horas; tampoco me atrevía a preguntarle, siempre me comporto como un torpe en estos casos. Traté de darle conversación, pero era como un banco del parque, por más que le hables no pretendas que te conteste. Se limitaba a hacer su trabajo, y era sin duda de las mejores. Tampoco supe jamás cómo se llamaba, así que la imaginaba con un nombre caucásico, algo exótico y acorde a su carácter, como en las novelas de baratillo. Así que fui unas cuantas mañanas por allí, horas crueles, dejándome caer sin ningún motivo, tan sólo para verla con sus guantes, el complemento indispensable. Por supuesto, sin conseguir nunca una palabra, ni siquiera un gesto. Imaginaba algo así como una prueba de resistencia, un juego de seducción en el que sólo hacía falta paciencia. Cuando supe que me trasladaban, intenté despedirme de ella, pero ya se me había hecho tarde. Otra vez.
31 de mayo de 2005
Todavía no
Tan fácil como subir la persiana, dejar que entre la luz por los cristales. Hace falta atravesar el desierto, pasarlo un poco mal (un poco tan sólo) para descubrirte, para poder escribir tu nombre con buena letra, sin anotaciones al margen ni pies de página. Un buen día todo se acaba, se acaba y empieza de nuevo, pero ahora de una forma completamente azul, y nosotros seguimos siendo los mismos, cogemos el teléfono con la misma mano y tenemos el mismo temblor en la voz. Aunque parece que han pasado siglos; seguramente hace tres o cuatro siglos que no te miro con tanta intensidad: no sé dónde he estado, pero ha merecido la pena salir fuera, echar un vistazo por ahí y poder reencontrarte, con la sonrisa puesta, volver a volver. Abrir los cuadernos secretos y seguir tallando poco a poco, ahora con menos prisa y parándome más en tus detalles, las pequeñas vidas cotidianas. Hay que empezar desde abajo, como el primer día. Trozos de papel en el alféizar calado.
21 de mayo de 2005
O es que acaso no hay mañana
Ojalá fuésemos capaces de amarnos con los ojos cerrados, de abrazarnos sin tener una duda sujetándonos por la espalda. Ojalá no nos importara pisar los cristales rotos. Y poder romper con los sentidos, siempre nos traiciona el olfato. No sentirme parte de un ovillo desmadejado, como un temblor que se desmorona. Soy el niño que esconde la cara en la almohada, el perro convaleciente, me pueden las ganas de tirar la toalla. Quisiera empezar a verlo todo a través de una lente deformante, cadena perpetua para expiar nimiedades. Si no te lo cuento me siento incapaz de dormir esta noche, aunque sé que es un detalle sin importancia, con el peso específico del litio. Son las nubes de algodón las que me hacen doblar las rodillas, nunca tuve ninguna resistencia para derrotar a los monstruos que yo mismo creo de la nada. Dame un soplo de aire, un cable para lograr escapar del barro. Se apaga.
12 de mayo de 2005
Empezando por K
A menudo la vida no es mucho más que un silencio previo al disparo, una sucesión aleatoria de triunfos pasajeros y desengaños sin postre. Aproximadamente veinte minutos para despegar, nadie en la sala de embarque y colas en el arco de seguridad: es esa alternativa, esa sombra que sólo se despega de nosotros cuando saltamos al vacío, la que nos hace temblar al pensarlo dos veces. Emergencia, milagro, fin, desconfía, no va más, gana la banca, el pan nuestro de cada día. Cuando me quede sin cerillas, cuando empiece a sospechar de todos los que evitan pisar las líneas blancas al cruzar la calle, sabré que ha llegado el momento. Hasta entonces, ruido blanco: esperaré aquí sentado, afilando mis razones de peso, viendo descender la arena del reloj.
3 de mayo de 2005
tres asaltos
Hoy volviste a aparecer. Últimamente consigues entrar sin llamar, cuando menos te espero, cuando hace meses que no te busco. Ardieron los pedazos de noche que te cogí prestados, y salió por la ventana hasta el último de mis silencios, como estrenando alas con flecos de colores. Todo lo que nos une es redondo, áspero y plateado, amargo y sin vida. Ya no te debo palabras, no colecciono cupones para ganar tu mirada. Perdimos la tensión en algún punto entre aquel vagón de tren y tus ojos cerrados. Los dos tenemos algo que susurrar al tronco de un árbol; ésta no es la manera, no es así como solemos hacerlo, atascos, teléfonos móviles, tijeras sin punta. Muerde mis cartas marcadas, no volverás a verme sonreír.
18 de abril de 2005
Freewheelin´
La melena llena de luces de neón, anuncios en las páginas ocultas del periódico y una superpoblación de siempres, siempres saliendo en carretillas de una mina oscura o cayendo en paracaídas sobre los tejados del barrio, escaleras exteriores y ladrillos húmedos. El chico se deja agarrar el brazo por la chica, llueve y los dos caminan encogidos, como si quisieran protegerse de la tormenta, pero al mismo tiempo lo hacen por el centro de la calzada, una contradicción más. Ella dice “patria”, “hogar”, y el dice “frontera”, “pasaporte”. No pueden ser más distintos, como la tinta y el papel. Por eso se aprietan el uno al otro, son capaces de atravesarse durante cuarenta minutos y salir por la espalda, y no hay nadie más. Cuando caminan de esa forma las calles se vacían, en realidad todo se vuelve horizonte y no hay más que avanzar por la carretera, durante horas o tal vez vidas. Da igual si es de día o de noche, nadie se fija en los detalles, en el contorno, en la ropa. La ropa: el se abrocha la americana con prisa, podría ser primavera o tal vez invierno. Ella viste un abrigo verde, botas altas, es más prudente, consciente, más de este lado. Son una pareja de siempres, recién aterrizados, aún con jet lag y una única sonrisa. Una sonrisa en la que es fácil encontrarse, reconocerse, una sonrisa habitable. Es imposible no detenerse ante la imagen, tan sencilla como pronunciar amor, cerca, dentro. Las palabras más profundas son las más fáciles de pronunciar, pero las más difíciles de decir.
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