6 de enero de 2009

si has llegado hasta aquí, ya conoces el truco

El mar verde que nos separa es incapaz de entender nuestro idioma, porque siempre es mucho más sencillo quedarse dormido sobre la arena que alcanzar durante un segundo tu sonrisa para perderla de vista otra vez. No le temo al castigo, dejo que me rocen todas las espinas; camino sin esquivar ningún disparo y me pierdo entre la gente que suspira por ti, penitentes en la procesión de tu regreso. Mi techo es tu paladar, tejido de mundo y restos de temporada, mi mapa son las líneas de tu mano que nunca encajaron con las mías, y reconozco eclipses de luna desde aquella tarde persiguiendo nuestras sombras calle abajo, a la vuelta de la esquina. Las señales en el borde de tus dedos y las luces de colores que parpadean entre las ramas de los árboles. Cierro los ojos y puedo recomponer cada paso de baile. Tú y yo somos los puntos discontinuos que indican el principio y el final de un recorrido circular e inabarcable. La suma de infinitos momentos que nos une está construida con palabras, música y barro. Por eso siempre que tengo sed hay un rincón en el que te encuentro: como una brújula imperfecta, todas las cicatrices mueren en tu pelo.

3 de diciembre de 2008

a la chica que nunca se convertirá en sal

Porque al fin y al cabo tan sólo se cruzan dos tipos de personas en tu vida: las que te mereces y las que no. Lo complicado es encontrar el equilibrio, que el viento no te haga volcar y atravesar la delgada línea que separa tu percepción de la realidad del centenar de fuegos artificiales explotando allá arriba. Mientras tanto piensas, ojalá todo pudiera alinearse de forma que fuésemos capaces de ver a través del mundo; como quien trata de encontrar la salida del laberinto entrecerrando los ojos. La vía láctea no es suficiente recompensa para los forajidos que te persiguen, porque el riesgo de que todo se venga abajo cuando no estés atenta es demasiado alto. Intentarán derribarte, hacerte desaparecer hagas lo que hagas. En el instante en que los dados giran por última vez antes de aterrizar, decides hacer balance. Miras hacia atrás y encuentras cristales rotos, un exceso implacable de noches muertas como un contrato firmado con tinta invisible. Pero este es el momento de buscar el punto de apoyo adecuado; la fuerza interna que te permita girar el timón. Tal vez sacar aquella bufanda del armario.
Ellos piensan que no serás capaz. No les des esa satisfacción.

10 de noviembre de 2008

las botas azules

Parpadeaste una vez más y las luces se apagaron.
Siempre la última en abandonar el concierto, con paso firme, como si hubieras ganado una batalla de una guerra recién comenzada. La primera para trepar a los árboles, jugar a inventar palabras. Y sonreías también mientras hacías o deshacías la maleta, con el flequillo cubriéndote los ojos, cerrabas con cuidado la puerta de tu habitación y bajabas las escaleras. Pies descalzos sobre el jardín, esquivando la manguera; ni un vistazo atrás para evitar convertirte en estatua de sal. Y nunca más volviste a pisar la hierba húmeda ni la arena de la playa, te hiciste prometer frente al espejo que tus pasos resonarían allá donde fueras. Con una capacidad especial para orientarte en mitad de la tempestad, era cuestión de tiempo que encontraras la llave que cierra todas las puertas. Para siempre. Y allí estabas de nuevo, iluminada con la pantalla de un teléfono móvil. La luz azulada era una sombra acariciándote la barbilla, un gesto apoyando cada frase. Pronto llegará el invierno y la nieve cubrirá las vías del tren; espero que para entonces hayas encontrado un nuevo árbol al que trepar. Que el tiempo se detenga mientras con los ojos cerrados tarareas una canción que nadie ha escrito todavía.

18 de octubre de 2008

casi siempre

Empieza con un portazo, que suena exactamente como si el mundo fuera a terminarse en este mismo momento. O como si fuera a echar a correr; en el fondo da igual el color de las luces si vas a cruzar con los ojos cerrados. Hay un batallón de soldaditos de plomo que se dirigen con paso firme hacia tu casa de muñecas, y yo cierro la fila: mi cuerpo de cristal me impide adaptarme al ritmo de la música y me rompo en mil pedazos con sólo rozar tu mano derecha. Soy como un puzle que se destruye y se regenera con cada puesta de sol; cada vez se hace más difícil completarme porque algunas piezas no encajan de ninguna manera, y hay otras que simplemente desaparecieron borradas por una tormenta de dudas y miedos. La banda sigue tocando cada vez más deprisa, a una velocidad frenética, y hacen que te sientas cómodo y extraño a la vez, fuera de casa y debajo de la cama. Sacas la cabeza por la ventanilla para que el viento te devuelva algo de vida; sabes de sobra que para la próxima salida de la autopista aún faltan quinientos kilómetros, y ya no sirve de nada lamentarse por lo que pudo haber sido. Siempre has repetido que si no sale ardiendo es mejor dejarlo por imposible y dedicarse a otra cosa, escapar de lo que te atrapa y adaptarte a las curvas. Sólo queda filtrar todos los buenos momentos como si fuéramos buscadores de oro en la ribera del río. Apenas quedan sombras que se acerquen en las calles oscuras; es probable que esto sea lo más parecido al aprendizaje continuo, pero casi siempre es demasiado tarde. Ya sólo necesito un manto cálido para cuando pretenda encontrar el camino de vuelta.

7 de octubre de 2008

el premio se oculta tras el panel número 2

Puedes apostar a que sólo hay un par de historias que hayan conseguido el final que merecían, y al salir a la calle el cielo te escupe su indiferencia, gris como las aceras. Pero tenemos también un puñado de sentimientos, movimientos básicos que nos permiten emocionarnos sin saber muy bien por qué. En el último tren antes del cierre de todos los bares se escapaba la soledad disfrazada de triunfo, en un asiento de clase turista. Rumbo a otro continente. Nadie preguntó a cuál. Las cajas de seguridad están cerradas con siete llaves, y lo de menos es lo que tienen dentro, lo único que nos interesa es el modo de abrirlas, para durante una décima de segundo sentir que ha merecido la pena. El hombre que enciende un cigarrillo con la colilla del anterior aseguraba que te podía desnudar con sólo cinco preguntas, y a ti te parecieron demasiadas, así que te limitaste a apurar la cerveza y hacer una salida triunfal, de esas que no aparecen en las enciclopedias. Al fin y al cabo nadie recuerda al telonero, y el camerino de la estrella tiene el acceso restringido. El secreto consiste en no resbalar al caminar sobre la cornisa; no caer por las escaleras a pesar de los empujones. Apagar la calefacción y esperar a que el invierno pase de largo, llevándose todos los tesoros que la marea olvidó bajo la cama.

16 de septiembre de 2008

observatorio

¿Qué es lo que me mantiene en pie?

El fuego. La forma mágica en que seis cuerdas pueden arrancarme una sonrisa o partirme por la mitad. La extraña luz iluminando las aceras al volver a casa el sábado; saber quién permanece cuando el agua ya cubre las rodillas. Los corazones que siguen latiendo bajo los escombros con ese misterioso ritmo irrepetible. La voz-espejo de Bob en don´t think twice. El sonido de los vasos al chocar, ahuyentando todas las alternativas a fantasmas y recuerdos tristes. La sensación de alivio que recorre como pétalos mis venas cuando escucho alejarse la tormenta y celebro que sí, que esta vez he logrado sobrevivir. El brillo en la mirada de alguien que no me conoce pero sonríe al cruzarnos por la calle. Un puñado de fotos de la infancia que aparecen por arte de magia, nadie sabe muy bien de dónde, pero que tienen el mismo efecto que una autopista hacia el sur. Aún conservo la energía de aquellos momentos; después el mundo se vino abajo y tuvimos que inventar nuevas escaleras de incendios como esta. Caballos negros galopando sobre la orilla de cualquier playa en un rincón del continente. El último verso de culminación del dolor. El silencio denso y metálico un instante antes de echar a correr bajo la lluvia, que cae fría, seca sobre los hombros desnudos. Sentirme acompañado, vivo. Llegar, y después permanecer; por ese orden.

Todo eso me mantiene en pie. Y apuesto a que no existe oscuridad capaz de hacerme caer, al menos mientras recuerde los motivos por los que una vez me levanté.

6 de septiembre de 2008

vértigo y ecos

El acróbata siempre tiene la respuesta correcta, sea cual sea tu pregunta. Lleva más de una vida recorriendo el alambre, y aún no sabe qué encontrará al llegar al otro lado. Simplemente focos, murmullos y algún aplauso tímido. Cuando se siente a gusto cuenta que una vez estuvo a un paso de conseguirlo todo, pero que le faltó valor y dejó pasar la oportunidad. Por eso ahora se prueba a sí mismo en paseos interminables a quince metros de altura. Es capaz de desnudar tu alma sólo con mantenerte la mirada durante unos segundos, y eso te hace sentir vulnerable y a la vez cómodo, con una sensación de hogar que raras veces encuentras. Te enseña sus viejas fotografías, la caja de cartón donde guarda su vida ya gastada. Al final de la carretera dorada no hay ninguna señal para indicarte que ya has llegado, dice, y cada vez que caes lo único que te queda es levantarte y volver a intentarlo. El alambre está ahí para que tú camines sobre él, a pesar de lo fácil que resulta darte la vuelta y cerrar los ojos. Negar lo ocurrido.

El acróbata no ha perdido nada, porque nunca tuvo nada que pudiera perder.

28 de agosto de 2008

naufragios

Intentas disimular, hacer oídos sordos cuando las canciones de la radio te escupen sus mentiras piadosas. Jamás se te dio bien aparentar o fingir sonrisas cuando en realidad querías llorar, aprendiste demasiado tarde a no ser tan transparente. Ni la luz del bar se atrevía a acariciarte, estabas más allá de todo. Y cuando se vaciaba un espacio, corríamos a ocuparlo, a habitarlo con nuestra estudiada incapacidad para recordar los nombres de las flores y las calles donde nos abrazamos. Para mirar a los ojos al sueño y caminar con los zapatos en la mano sin hacer ruido al salir. Y hoy no puedes lamentarte por las cosas que has perdido, porque realmente nunca tuviste sombra, ni falta que te hacía. Entre nosotros abundaban los intercambios de estados de ánimo, fugaces luciérnagas como diamantes microscópicos desordenados entre las sábanas. Las fortalezas de arena en la orilla. Todo eso se quedó atrapado entre dos páginas de un cuaderno cuyas tapas imitan un mosaico de San Mateo. Y el cuaderno olvidado en el fondo de un cajón para el que aún no has fabricado la llave. Así de breve, así de denso es el instante en el que dos miradas deciden tomar caminos opuestos. Cuántas cosas tenemos pendientes, cuántas batallas nos quedan por perder todavía. Nadie tiene la culpa, pero estos días se escapan despacio y sólo nos dejan humo sobre la piel y hojas secas en el paladar.

28 de julio de 2008

real

Incapaces de dar marcha atrás, plenamente conscientes de nuestra fragilidad en el mismo centro del tornado que ninguno de los dos desató. Y sin miedo a la línea de meta, porque todo vuelve a comenzar con la inercia del último disparo, la bala en la recámara. Todas las canciones que me hablan de ti, de nosotros, los miedos que se transforman en incendios y la mecha de mi mala cabeza; luego siempre amanece en un abrazo parecido a tocar el piano a cuatro manos y ya no hay nada que temer mientras estés ahí cuando todo tiemble. Y el secreto escondido en las rutinas aparcadas en doble fila, en no necesitar galopar las nubes para sonreír, simplemente cambiar el acorde en el momento exacto para que la armonía no se rompa. Todas las palabras que he escrito pensando en ti, y las que se perdieron por aparecer cuando no debían, las que regalé a quienes las necesitaban más que yo y ese otro montón que me falta por recoger de la orilla de tu pelo largo. Los peldaños que separan el resto de la realidad de nuestro cielo particular. Los días y las noches, las jaulas de cristal abiertas y la luz entrando a través de la persiana de tu habitación. El diámetro de la circunferencia en la que guardo tus gestos aprendidos se vuelve una espiral cada mañana, y en ese instante no hay fe más firme que la que respiro pronunciándote real, tú en todos los rincones habitables.

3 de julio de 2008

esta canción no tiene estribillo

La chica de las gafas oscuras pretende consumir cada palabra que hayas imaginado, pero es incapaz de dar un paso sin tu paraguas. Aprende a golpes, pero no es nada práctico creer en ti mismo si aún no eres consciente de tu propia soledad, de la soledad de cada uno de nosotros. Por eso todos sus intentos se estrellan contra una pared imaginaria que se alza de repente sin darle tiempo a reaccionar.
La chica de las gafas oscuras entra en las tiendas que hay en tu calle como si sus pasos seguros fueran suficiente carta de presentación, levantando un huracán de miradas y comentarios en voz baja que mueren al contacto con la realidad. Tiene demasiados incendios sin apagar y se pasea por ahí con un encendedor y una lata de gasolina que lleva tu nombre. En su último descenso a los infiernos olvidó firmar su carta de despido y cerrar un par de negocios con el chico de la esquina; todos los abrazos se quedaron en la oscuridad y al día siguiente sólo quedaron espejos crueles y huecos en el pecho.
Al recordar lo que no fue, la chica de las gafas oscuras llora como en las películas, sin hacer apenas ruido, pero al sábado siguiente no encuentra el camino de regreso a casa ni sabe retirarse en el momento oportuno: la acosan los fantasmas que no supo esconder entre los dados trucados y vuelve una y otra vez a la casilla de inicio.
Nadie enseñó a la chica de las gafas oscuras a saltar al agua sin cerrar los ojos, y últimamente quiere caminar como si viviera dentro del “Cool it down”, pero llevar una vida fácil es bastante complicado. No basta con tener el rostro adecuado, también necesitas un poco de talento, y nadie puede prestártelo a un interés tan bajo.
Al amanecer nunca hay suficientes versos que hablen de la chica de las gafas oscuras, y el sonido de sus tacones se aleja una vez más por la avenida, dejando a su paso un carrusel envuelto en humo azul y un puñado de verdades que se disfrazan de mentiras piadosas pero que no consiguen engañar al alma.

8 de junio de 2008

Bilbao-Trafalgar

Los días resbalan entre el tráfico aéreo y no es nada fácil distinguir un lunes de un jueves; solamente mirando al sur soy capaz de predecir hacia dónde sopla el viento, con la densidad del aire que entra y sale de tus pulmones. No somos más que dos llaves que han perdido su cerradura, y sólo queda una posibilidad entre un millón para seleccionar la canción que te traiga de vuelta a casa. Por eso se van desprendiendo una a una las letras sobre la mesa, van descendiendo como nubes de algodón hasta las yemas de los dedos que no te rozan y se consumen en una calada lenta y desesperada, sin llegar a acertar en el centro de la diana porque tu voz al despertar es un susurro en fa sostenido que parece a punto de romperse en todos los puntos de inflexión, convexidad implícita en los mapas de carretera. Se cierran las ventanas que se alimentaban del sol y un brillo metálico nos recibe con la precisión perfecta que sólo encuentro en la línea imaginaria que une tu mandíbula con el cielo. Echarte de menos es la sucesión de nudos que soy incapaz de explicarte al oído, y que únicamente respiran a través de frases sueltas gritadas en la madrugada, pedacitos minúsculos de vida latiendo desnudos sobre la arena.

25 de mayo de 2008

los motivos

La sensación es terrible, todo parece resquebrajarse por dentro sin razón aparente. Pero entonces, en el último momento, me detengo a mirar atrás para tratar de memorizar; de recordar al menos un brillo por si alguna vez me siento perdido y necesito tu voz de nuevo. Y cuando me giro, la realidad me golpea con todas sus fuerzas: encuentro los motivos para luchar, para seguir intentándolo, en cada rincón de tu sonrisa, en el camino hacia tu casa, en tus piernas entrelazándome sobre el sofá mientras dejamos que pasen las horas, sin necesidad de alimentar el fuego. Tengo la mochila repleta de trocitos de nosotros que no se merecen ser arrastrados por la marea. Son esos instantes los que me hacen latir, los que provocan que te piense con tanta facilidad. Y puede que parezca difícil de entender, pero aprendí a valorar nuestra forma común de mirar el mundo como si se tratara de un tesoro, de algo que sólo tiene sentido si lo mantenemos vivo desde las dos orillas del río. Y ahora vuelvo al borde, a asomarme a tus ojos sin fondo para acompañarte una vez más, para estar ahí aunque nos movamos en el ojo del huracán. Para tratar de que, como en el poema de Benedetti, por fin me necesites.
Porque no sé hacerlo de otra forma.

19 de mayo de 2008

200

Empiezas a pensar que doscientos asaltos son demasiados combates seguidos. Y apenas has tenido tiempo de pararte a levantar la cabeza entre uno y otro, porque prácticamente has hecho lo único que sabías, y a veces ni siquiera tenías claro hacia dónde levantar los brazos, simplemente tratabas de encajar los golpes de la mejor manera posible. Por eso ahora te descubres cansado, te cuesta reconocerte en la imagen que te devuelve el espejo.

Ahora tienes claro que la contra está bien para aguantar un par de noches, pero no puedes permanecer eternamente al borde, porque también la tierra se ha comenzado a mover bajo tus pies, y corres el riesgo de quedarte colgado del otro lado del columpio. Frente a esto, desconfías de las voces de ánimo desde la esquina, porque ya no distingues quién está de tu parte y quién espera verte caer; así que tu única tabla de salvación es ese abrazo partido, tratar de evitar el cuerpo a cuerpo de la única forma posible. Es como si intentaras apagar un fuego con las manos desnudas; mientras lo haces no sabes si es mejor el remedio o la enfermedad, pero una vez que has empezado no puedes detenerte. Y admites que todo sería más sencillo si no hubiera campana que anunciara el final, si la lucha acabara sólo al decidir que ya es suficiente.

Cuando los músicos se marchen a dormir no nos quedará más remedio que continuar bailando en silencio.

15 de mayo de 2008

unos breves apuntes sobre tus pies

La chica de los tobillos finos pretende tener siempre la última palabra, y ensaya contra ti sus miradas duras desde el fondo del bar, ajena al humo y las risas. Camina sobre las sábanas desordenadas como si desfilara en una pasarela, juega con los diccionarios y te cuenta historias que siempre terminan en un aeropuerto, plano largo, luz cenital, música de fondo. No puedes dejar de rodar por el precipicio que te tiende, vas y vuelves en torno a ella pero nunca consigues descrifrarla; es como un abrazo que no acaba de completarse. Domina a la perfección los juegos de azar y los campos minados, parece que ha crecido en ellos. Se tumba sobre la hierba mojada e imagina cómo sería todo si, cuándo llegará el momento en que, y cuando se levanta algo ha cambiado, tiene una forma de hablar y de sonreír completamente distinta. Tiene algo de pantera y algo de nube, y por sensaciones como estas es imposible volver de ella, es un camino de sentido único, una avenida bajo el sol en plena madrugada.

13 de mayo de 2008

he tratado de ser justo...

Empieza con un café. Una tarde cualquiera de mayo, puede que sea sábado o domingo, a estas alturas da lo mismo. Hace sol, y puedo ir en manga corta desde mi casa hasta la parada del metro. Es curioso, no hemos vuelto a vernos nunca allí, como tampoco hemos repetido bar: no recuerdo cuántos cafés, cuántas cervezas habremos compartido, pero te puedo asegurar que siempre hemos ido a un bar distinto. Esto convierte cada vez en una ocasión reconocible, en un momento asociado a un lugar, o tal vez es al revés, cada vez que vuelvo a esos lugares recuerdo que en aquella mesa del fondo, detrás de la máquina de tabaco, o en un par de taburetes junto a la barra, hemos desgranado un poquito de nuestros puzzles; tirando del hilo para descubrir en qué punto se cruzan nuestros dos ovillos. Y hay un campo magnético que nos mantiene cerca aunque a veces pase más tiempo del deseado entre cerveza y café; ese campo nos impide desconectar sin que haya una explicación sencilla. Y son ya dos años y durante este tiempo cada uno ha tenido sus momentos, sus etapas, pero el otro siempre ha sabido estar ahí, permanecer, saber cuándo hablar y cuándo simplemente acompañar. Y ese vínculo es algo tan propio, tan nuestro, que resulta prácticamente imposible aplicarlo a cualquier otra relación social. Por eso lo valoro tanto, y por eso me gusta pensar que estos 721 días no son más que un granito de arena en esa playa que tan bien conocemos, y que todavía nos quedan muchos bares que visitar. Nos afectan los cambios del viento más que a nadie, pero sabemos adaptarnos a las marejadas. Este es el momento de la celebración, y ahora soy plenamente consciente de que nos encontraremos cada vez que nos haga falta en la esquina de costumbre, a pesar de nuestros desfases horarios. Siempre tendré un hueco para tejer tu presencia despacio.