28 de enero de 2008

el péndulo rojo

y la velocidad de tus gestos perfectos grabada a fuego en una llamada telefónica, en un bar lleno de gente, como un giro de tu cadera eterna resbalando sobre el frío y la niebla, para acabar ardiendo en cada una de las noches que vamos tejiendo despacio, invadidos por la rabia y la urgencia pero sin necesidad de abusar del elixir de las huidas ni tener que inventarnos coartadas en cada beso desesperado. Cuchillas afiladas brillando por encima de la música y el vértigo de las aceras impares, que laten con el idioma de las madrugadas y nunca ven preciso un cambio de ritmo. Prendiendo certezas de las ramas más altas, para que nunca se manchen de barro, escondemos el mapa del tesoro en un rincón secreto para protegerlo de la luz del sol y bendecirlo con la luz azulada de cualquier sala de cine. Porque cuando llega la estación de las lluvias, es el momento de sembrar, plantar cada uno de los descubrimientos y sentarse a la sombra a verlos florecer. Un solo de armónica más y estaremos en cualquier otra parte, en un escenario distinto, pero con la misma aceleración marcando el pulso de las ausencias y las presencias. No hay metrónomos que la soporten.

1 comentario:

Beauséant dijo...

es una pena, pero no existen metrónomos que midan la vida ni quitamanchas para el alma.. debemos pues buscar nuestro propio ritmo, y vivir con nuestra mala conciencia...