Empezamos a cantar y todos se unieron, como si fuera lo más natural del mundo. Y salimos del bar abrazados, sin asustarnos del frío ni de la hora, porque realmente no había nada que perder: todos los poemas aprendidos se habían ido destiñendo, deshilachando en la memoria como ropa tendida al sol al comienzo del verano. Y ahora teníamos la bendita obligación de reescribir cada sentimiento, cada soplo de vida colándose por el cuello de la camisa y jugueteando entre las mesas. Cuando decíamos "no puede faltar" nos referíamos a algo mucho más profundo de lo que se podía ver, algo intangible e impagable. No había acordes ni diccionarios suficientes: caminábamos por la calle sin preocuparnos por decidir un destino, embriagados de amistad, en ese blanco y negro brillante de las películas de Wilder. Nada más simple, nos repetíamos: todavía es pronto y estamos juntos, hay mucho que celebrar, mil historias que poner en común y contar una y otra vez, siempre lo mismo pero nunca igual. Como una bola de nieve colina abajo. Y sonreíamos constantemente, sin necesitar una razón. Las agujas inflexibles del tiempo y el espacio no nos iban a derribar tan fácilmente, porque al menos durante ese momento lo podíamos todo.
3 comentarios:
Y es que todo lo puede el amor, o el amor todo lo puede;).
Contigo Jesús, imposible pasar frío!.
Besos!.
es cierto, cuántos sustos me he dado por mirar el reloj.
momentos de abuismo donde nada puede ser mas perfecto solo la imérfeccion...
y caminaba mientras la nieve aun no paraba dentro de la casa...
me gusto mucho tu blog!
nos escribimos he!
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