29 de abril de 2006

fuera de temporada

Justo en el momento de bajar la persiana te diste cuenta de lo solo que estabas. Aún te estremecías cada vez que la veías aparecer en la oscuridad de la noche, con su piel tan blanca que brillaba y esa textura eléctrica, ahuyentando los fantasmas que querían saldar su deuda contigo. Decías que ella era un trozo de diamante, devolviéndote siempre tu imagen depurada, sin tener en cuenta las sombras y tu capacidad innata para caminar por el borde del pozo con los ojos cerrados. En el fondo fuiste incapaz de leerla, como todos los que la llevaban prendida del brazo, un trofeo de caza para ojos fácilmente impresionables, creían conocerla tan bien que nunca le preguntaban nada. Todavía te recuerdo despierto a las cuatro de la mañana, asegurándote de que ella sigue durmiendo a tu espalda, escribiendo en el espejo del baño que deberías ser feliz sólo con eso. Pero eres demasiado torpe, y ella era tan rápida cambiando de mano los billetes de autobús que no fuiste capaz de decírselo hasta que estuvo a muchos amaneceres de aquí. Ahora dos leyendas se siguen cumpliendo: la gente se agolpa frente al patíbulo cuando no conoce al condenado, y puedes pasarte media vida persiguiendo una mirada, prenderle fuego a todo lo que eras, para acabar perdido sin antes y sin después.

4 comentarios:

sherezade dijo...

Los diamantes siempre dan miedo y muchas veces se te terminan enredando en el forro del bolsillo, donde los crees seguros pero donde se sienten demasiado solos. Y por no perderlos apenas los miras. El día que te das cuenta de que eligió su propio camino solo llueve...

Anónimo dijo...

preciosas palabras llenas de armonia y sensaciones magicas las que trasmites... sigue deleitando(nos/me)
gracias

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

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