18 de octubre de 2008

casi siempre

Empieza con un portazo, que suena exactamente como si el mundo fuera a terminarse en este mismo momento. O como si fuera a echar a correr; en el fondo da igual el color de las luces si vas a cruzar con los ojos cerrados. Hay un batallón de soldaditos de plomo que se dirigen con paso firme hacia tu casa de muñecas, y yo cierro la fila: mi cuerpo de cristal me impide adaptarme al ritmo de la música y me rompo en mil pedazos con sólo rozar tu mano derecha. Soy como un puzle que se destruye y se regenera con cada puesta de sol; cada vez se hace más difícil completarme porque algunas piezas no encajan de ninguna manera, y hay otras que simplemente desaparecieron borradas por una tormenta de dudas y miedos. La banda sigue tocando cada vez más deprisa, a una velocidad frenética, y hacen que te sientas cómodo y extraño a la vez, fuera de casa y debajo de la cama. Sacas la cabeza por la ventanilla para que el viento te devuelva algo de vida; sabes de sobra que para la próxima salida de la autopista aún faltan quinientos kilómetros, y ya no sirve de nada lamentarse por lo que pudo haber sido. Siempre has repetido que si no sale ardiendo es mejor dejarlo por imposible y dedicarse a otra cosa, escapar de lo que te atrapa y adaptarte a las curvas. Sólo queda filtrar todos los buenos momentos como si fuéramos buscadores de oro en la ribera del río. Apenas quedan sombras que se acerquen en las calles oscuras; es probable que esto sea lo más parecido al aprendizaje continuo, pero casi siempre es demasiado tarde. Ya sólo necesito un manto cálido para cuando pretenda encontrar el camino de vuelta.

7 de octubre de 2008

el premio se oculta tras el panel número 2

Puedes apostar a que sólo hay un par de historias que hayan conseguido el final que merecían, y al salir a la calle el cielo te escupe su indiferencia, gris como las aceras. Pero tenemos también un puñado de sentimientos, movimientos básicos que nos permiten emocionarnos sin saber muy bien por qué. En el último tren antes del cierre de todos los bares se escapaba la soledad disfrazada de triunfo, en un asiento de clase turista. Rumbo a otro continente. Nadie preguntó a cuál. Las cajas de seguridad están cerradas con siete llaves, y lo de menos es lo que tienen dentro, lo único que nos interesa es el modo de abrirlas, para durante una décima de segundo sentir que ha merecido la pena. El hombre que enciende un cigarrillo con la colilla del anterior aseguraba que te podía desnudar con sólo cinco preguntas, y a ti te parecieron demasiadas, así que te limitaste a apurar la cerveza y hacer una salida triunfal, de esas que no aparecen en las enciclopedias. Al fin y al cabo nadie recuerda al telonero, y el camerino de la estrella tiene el acceso restringido. El secreto consiste en no resbalar al caminar sobre la cornisa; no caer por las escaleras a pesar de los empujones. Apagar la calefacción y esperar a que el invierno pase de largo, llevándose todos los tesoros que la marea olvidó bajo la cama.